José Merce mammy blue

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viernes, 30 de mayo de 2008

SEMANA SANTA


Durante mucho tiempo el Domingo de Ramos fue para mí un día feliz lleno de estrenos, palmas y sol. Subía, ancho y resbálón, pisando con aplomo y sin topar mis zapatos de charol negro. Estrenaba un pantaloncito corto a cuadritos grises. Casi todos los niños llevaban pantalón corto nuevo y camisa blanca o a cuadros grandes. Yo, con los zapatos de charol, llevaba calcetines blancos. Dos manchitas oscuras empezaban a marcar los tobillos. Sufriendo los consabidos empellones de mi madre, zafia en estos asuntos, llegaba topado y desportillado a enfilarme con todos los demás niños topados y desportillados.

En las calles principales de mi ciudad, bajo el bordillo, veíamos inquietos, grises, blancos, llenos de reflejos y lavanda, pasar señoritas trenzadas con sus hermanitos domesticados batiendo palmas en honor de multitudes y de un Dios humilde montado en una borriquita. Cerraba la procesión algún mostrenco con el rostro varicoso y los belfos colgantes y bestiales. Algún oligofrénico risueño por sentirse querido y admirado, y el adolescente mongólico y panzón vestido con pantalones grises y americana beis, con el pelo cortado a tazón, serio y protagonista, colgado del brazo paterno.

Los bobos de mi ciudad tenían predilecciones distintas, preferían distintas fiestas y, aún en Semana Santa, distintas procesiones. Pero cada uno de ellos era fiel y puntual a la conmemoración escogida. Cada año, de loquerías, barrios inhóspitos, habitaciones interiores, por encima de los pudores, de los recatos y de las tribulaciones paternas, llegaban en oleadas los tontos en su día precediendo y clausurando las procesiones. Dios venía para todos.

Posiblemente al que más admiraban los tontos, al que más seguían, de quien más se reían era del barandales. El barandales, malva y capeado, tocado con negro crespón, macizo y especialista en su oficio anunciaba con insistencia cerril pero estudiada, a toques de campana, el desfile procesional.

Era un heraldo de manos vigorosas, abiertas cada año por las mismas grietas que el año anterior. Por eso el barandales era vitalicio. El barandales solía ser un anodino obrero municipal que vivía en la periferia.

Siguiendo al barandales desfilaba la orquesta. Primero eran los soldados de la Cruz Roja dando unos redobles y unos golpetazos en el tambor que a los niños nos retumbaban en el estómago, nos ponían la carne de gallina y nos hacían sentirles admiración. Sentíamos una extraña mezcla de gusto y temor ante aquellas detonaciones vigorosas y armoniosas. Luego desfilaba una banda municipal, metafóricamente capeados y músicos de toda la vida, al decir de mi madre. También eran señores grises y, muchos, funcionarios enchufados del Movimiento que por una vez al año se sentían imprescindibles, libres y hombres. Sus caras tenían la mímica relajada, casi desganada, del que sabe lo que hace y que lo que hace vale. Además, por fin, no se sentían pagados. Por tanto no estaban comprados. Todos, pulcros y azulmarinos, saliendo de sus clarinetes las partituras garabateadas con signos extraños y repetidos. A un señor, de estrecho y tildado bigotito, se le cayó una corchea pero los niños sólo vimos un gesto inexpresivo al público y una mirada de inteligencia a sus colegas. Se alejó escondido tras los altos capirotes que los cofrades inclinaban hacia delante para confrontar los ojos con los orificios de la caperuza. Eran como los fantasmas que teníamos en los cuentos, vestidos de malva, azul, negro, rojo. Todos, colores sacros, dolorosos, aterciopelados. Cuando alguno de ellos bajaba para mirarnos en nuestra cortedad su hidrocefalia geométrica y oíamos su voz, sin ver su boca, lejana y ahogada, los niños nos replegábamos hacia atrás buscando la sonrisa cavilante de nuestros padres por descubrir quién pudiera ser aquel cofrade. Claro que muchos sólo pretendían asustar a los niños y reírse de los padres.

A nosotros nos podía haber causado risa el ver algunos congregantes descalzos pero nos causaba admiración y extrañeza.

-¿Por qué van descalzos, mamá?

-Porque han hecho un voto, hijo. Un sacrificio por algo que han pedido a Dios, hijo.

Al ver sus pies negros y blancos pisar doloridos, ateridos de frío sobre la acera y el asfalto, experimentábamos un sentimiento religioso más fuerte que al ver a Cristo clavado sobre la cruz. Cuando veíamos al Cristo románico desconchado, antiguamente polícromo, con gesto ingenuo, nos parecía un monigote en andas quebrándose todas nuestras ideas excelsas sobre un Dios cíclope lleno de rayos y expresiones. Nos conformábamos al reflexionar que Cristo no era más que Cristo que, al fin y al cabo, era hombre y los hombres a veces, sobre todo si son infinitamente buenos, parecen monigotes. Nos gustaban más los otros Cristos agonizantes con la cabeza caída exhalando el último suspiro, siempre era el último suspiro. Cristos llenos de espinas, barbas líquidas, una brecha de lanza en sus costados, los pies cerúleos, las manos supinadas hacia el Padre sufriendo un misterio más allá de todo poder, de todo conocimiento humano. Esto lo aprendimos luego, porque lo que aprendimos en el catecismo lo olvidamos al hacer nuestra primera comunión. Así que para nosotros estos cristos ciertamente sufrían pero estábamos muy acostumbrados a verlos sufrir en las iglesias. Y mi ciudad tenía multitud de iglesias con multitud de cristos sufrientes. Para nosotros tenía más misterio, más magia, el titilar de las velas por las calles oscuras y empedradas sobre la medianoche. El silencio sepulcral y juramentado en la procesión del Cristo de las Injurias. En esta procesión aprendí que el silencio era una actitud divina. Que era continencia y reflexión. Yo respetuoso, guardaba silencio en lo que pasaba la procesión. En esto éramos casi todos los niños iguales. Algunos no fueron capaces de soportar ese vértigo desconocido del silencio y provocaban a gritos y arrastrando los pies. Eran los niños marginales que habían dejado a sus padres durmiendo. Estos niños desarrapados veían pasar la procesión subidos en las verjas de las ventanas cenobiales, de las casas palacio, de las casonas más antiguas del casco viejo. Estas ventanas inferiores estaban siempre cerradas a cal y canto y sus moradores, las monjas adoratrices, hijosdalgo depauperados, amas de cura y beatonas noveneras, estaban todos subidos en los balcones de arriba con los brazos cruzados sobre las barandas. Hasta las monjas adoratrices abrían un poco sus ventanas y tras las rejas, entre los visillos, se entreveían todas aquellas mujeres extraviadas mirando a Cristo y a la gente. A la gente y a Cristo. Nuestras madres nos habían dicho que allí estaban las mujeres malas, las perdidas, las de mala vida. De todas formas las llamaban, todas eran grupo único, todas decidiendo entre Dios y el Demonio. Los curas y las monjas, más sutiles, las denominaban extraviadas. Ellos trataban de encontrarlas con la ayuda de Dios.

Las procesiones del Jueves y Viernes Santo por la tarde eran historiadas y cargadas de pasos. Toda aquella imaginería castellana remembraba los gestos soeces, divinos, simoníacos, apasionados, burlescos, angelicales, adúlteros y maternales, y apostólicos de la pasión y muerte de Cristo. Eran los días grandes, más sugerentes, con las representaciones más álgidas. La Santa Cena, el austero festín de doce apóstoles adolescentes homenajeando a un cristo también núbil, pero todos barbados, alopécicos prematuros, cuerpos de niños introducidos en almas adultas. A nadie le gustaba esta Santa Cena por eso la gente se iba al perro anecdótico que miraba expectante las manos de algún apóstol. Yo, abierto y despierto, iba aprendiendo cosas que jamás hubiera aprendido por los libros.

Ya sabía que en la Santa Cena había un perro y que un apóstol le miraba. Luego supe que Poncio Pilatos se lavó las manos en una palangana. Y que era un negrito quien se la sujetaba. Vi los elementos de tortura aplicados sobre la espalda de Cristo con saña y mofa por aviesos y aquilinos judíos. Y vi el caballo Longinos con el soldado clavando la lanza en el divino costado. El caballo era el único protagonista de este paso. Decir único protagonista excede la realidad. Era un cuadro magníficamente dispuesto, de un realismo sólo superado por la fuerza del instante. Mis ojos infantiles, los ojos de todos los niños prepúberes, sabían intuir el dramatismo y la sutileza del espacio escultórico aprovechado hasta en sus vacíos. Nosotros, niños intelectuales o, cuando menos, sensibles no podíamos sino sobrecogernos al contemplar aquella profusión de músculos rampantes. Tamizada su policromía iridiscente por el brillo especular del supremo esfuerzo. Era una perspectiva zoólatra del Gólgota que a nosotros nos entusiasmaba. A nadie le parecía posible que aquel caballo guardara el equilibrio alzado sobre los cuartos traseros con el único contrapeso de la cola flamante trepanada en volutas de extrema sensualidad y de un materialismo rayano en la herejía. Pero el insigne heresiarca no consiguió sólamente mantener en equilibrio aquella mole sino hacérselo mantener en el bis a bis solemne y parsimonioso de las marchas semanasanteras. Pero por encima de todo, de interpretaciones y personajes, para lo general, el caballo era protagonista. La fuerza y la acción de él venían. Ni siquiera el jinete romano como cerebro comandaba la cabalgadura. Una fuerza súbita por encima de él y tan fuerte que hasta la irracionalidad se convulsionaba les transía hasta el límite natural de tendones y fibras. Y nosotros, siguiendo el calambre patas traseras-cola-cuerpo-crin-cabeza-jinete-lanza-punta topábamos con un Cristo enteco, plagado de hematomas, sin vida y desposeído de todos los atributos divinos. Aquello era la cáscara ilustre iniciando una lenta y progresiva descomposición. En aquel paso, aún estando la imagen de Cristo, Cristo estaba ausente. Cristo había muerto pero el milagro de su muerte bajaba incontenible por el caballo rampante y desde la cola se extendía en finas lenguas candentes sobre nuestras cabezas. Las cabezas de todos los niños, incluidos los marginales, y de nuestros padres. Y de nuestros enemigos. Cristo era para mi la superación de los contrarios. El grupo escultórico quedaba cerrado por los dos crucificados a los extremos de Cristo y bajo El. Un triángulo perfecto, clásico y expresionista, previo al expresionismo.

Cerraban los desfiles procesionales el Santo Entierro o La Soledad arrastrando metros de manto negro, bordadas cientos de estrellas con brillantes hilo oro. Estos derroches de paciencia costurera, divinos materiales, hopalandas y mantones eran siempre admirados por nuestras madres. Para ellas el hilo oro era un sublimación del hilo tedioso que usaban para zurcir. El terciopelo sublimaba el sayal. Hasta aquí la sublimación de la obra. Luego venía la sublimación del motivo. La Virgen sublimaba el concepto de maternidad. Maternidad dolorosa y resignada. Pero madre más que Reina, y vestida como una Reina. Además, las divinas costureras de aquellos ricos artificios eran madres y madres superioras de los conventos y de los hospicios.

Después de tanto machismo en las procesiones y tantas dolorosas en bambalinas se llegaba al remanso sosegado y triste de la feminidad. Una feminidad que hacía su aparición cuando todo había acabado. Cuando todos los judíos se habían ido a sus casas. Cuando Cristo yacía. Cuando todos los hombres soeces y brutales se habían ido saciados de sangre. Cuando todo eso se había cumplido aparecían las dolorosas enlutadas, veladas sus caras, sus piernas, sus cuellos blancos de garzas delicadas apenas se entreveían tras los pañuelos malvas, sacrosantos, cardenalicios. Malvas dolorosos, de sacristía, de tristes paisajes interiores, pero un grado más esperanzador que el negro. Por eso el malva fue el color de todas las señoras viudas, viudas de toda la vida y queridas respetadas con una hija que normalmente casaban bien. Se quedaron para siempre en ese color intermedio, poco comprometido, que combina, luce y hace juego en las novenas y tras los jerarcas purpurados.

Todas las mujeres de mi ciudad desfilaban en La Soledad. Todas enlutadas y malvas. Faldas negras de tubo. Convencionales, tradicionales, delicadas, lánguidas, suaves, redondas, adorables chaquetas negras y grises marengos de punto. La chaqueta de lana femenina es un elemento fetichista que suscita en el hombre tenues resistencias, delicadas estructuras. Pues, nosotros, niños-mozos, veíamos pasar aquellas delicadas estructuras virginales y posvirginales asombrados por la demoníaca habilidad de saber conjuntar lo divino, el dolor y la feminidad, aparente y coquetona, en una exhibición recatada y ambigua. La mujer a través de La Dolorosa, de La Soledad. La mujer imprevisible, conciliadora. La mujer intermedia, distante. La mujer distraída, detallista. La mujer exhibicionista, recatada. La mujer desapasionada, apasionada -hasta cierto punto- La mujer delicada. La mujer en el cielo. Y en la tierra. Era una historia, histeria, repleta de mujeres aprendiendo para hacer la mujer lubrificada, sutil. La mujer seriada. Desentendida. Demasiadas cosas que superar. La mujer era un producto más elaborado que el hombre.

El Domingo de Resurrección volvían a salir los judíos de sus casas y Cristo resucitaba alando al viento su manto rojo escarlata con un cuerpo aún convaleciente pero eufóricamente vivo. Recorría media ciudad por la mañana temprano mientras su madre recorría otra media ciudad. Cuando habían recorrido la ciudad, sobre el mediodía, se encontraban en la Plaza Mayor. Entonces se oía una estridencia de truenos y disparos saliendo de los soportales, balcones oficiales y burgueses. Desde el Ayuntamiento engalanado, izadas banderas, héroes y caciques lanzaban al aire una lluvia de salvas y cartuchos que ponían en espanto a los pardales y hacían a los perros meterse en los portales, correr despavoridos o descender el entusiasmo ancestral de sus amos al ruido y al caos. La Semana Santa había terminado. Lo que empezó con gritos y palmas acabó con tiros y tracas. Era una fiesta mitad sacra mitad profana. En el hombre no puede existir nada entero. Siempre existen, como un reflejo de sí mismo, conceptos escindidos. El ser humano escindido en hombre y mujer. La religión escindida en sacra y profana.

Me fui partido en dos, cabizbajo y desolado por callejas y plazas. Sin querer saber nada de los otros niños, ni de nadie, pensando, tratando de encontrar en mí la parte amputada que me correspondía. Por primera vez mi cerebro se hallaba contusionado. Comencé a sentirme crecer y me noté crecido irremediablemente. Por los pelos pude salvar mi enjundia gracias al trapío de las niñas castellanas y encantadoras que hicieron de sus cintas-lazos-trenzas poéticos emuntorios para la mala leche que de vez en cuando me daba y otras pestilencias que secretaban glándulas inesperadas.

Esa noche, bajo el calorcillo suave de las paduanas, me masturbé lárgamente para conciliar contrarios. Mi naturaleza, angelical y demoníaca, quedaba resuelta.


TURKANA

martes, 27 de mayo de 2008

LAGO DE SANABRIA


Llueve sobre el lago de Sanabria
y un sol de charol pule
sus rocas negras.

Orballa sobre los montes
y la línea de un horizonte
de montañas y glaciares
escurre por charcos y torrentes.

Una transida luz de savia
láctea y clorofila tupe
sus vistas densas
de granitos y pizarras
en un mar de reflejos.

Bajo la honda quietud
del espejo oscuro
de este lago profundo
Salmo Faries, la trucha
y Barbo Vulgaris, el barbo
viven su momento de ensueño.

La última mujeruca
sarmentosa y vestida de negro,
por el camino incierto
del destino anegado,
traza una línea de negrura
que abarrunta otro tiempo
lejano, que sólo ella ve
a través de sus mil arrugas
que su rostro surcan.

Fosilizada en su cara de esparto
una mueca de risa
hace eco en su cabeza
el jato, el pan y el medero.
Las hijas en Barcelona,
los yernos y el nieto.
Viene de otro tiempo
y al que venga,
a Dios se encomienda.

Orballa sobre los montes
y la línea del horizonte
desdibuja castaños, alisos y robledales.

Por el cañón del Tera
baja un murmullo de pedrazales,
por las morrenas y desde las presas,
contando viejas leyendas,
una babel de lenguas
que mueren en Lucena,
la isla de las almas en pena.

Lago de Sanabria,
espejo de soledades.
Cela lo vió,
Unamuno lo sintió,
Cervantes quizá,
quizá lo visitó.


TURKANA
Fotografía: gentileza de Mauro A. Fuentes

AMOR TALUD MARINO


A ras del océano llegas
brillante de humedades
y plisada de colores,
como con mimo envuelta
en tegumento de regalo.

Tus ojos, dos vórtices negros,
sumen mi materia entera
y el universo que me contiene
en esos dos puntos de ensueño
en más que magia y física de menos.

Si por amar, amor, te amara
oyendo lo que oyendo oigo
y sintiendo, como siento,
los batidos de tus alas,
a las espumas de mis flancos
te llegaras, mujer,
vencida y consumada,
solos tú y yo,
el uno al otro entregados,
yo fundido en azul,
tu disuelta en luz,
entre las olas del océano,
prendidos ambos.

TURKANA

lunes, 26 de mayo de 2008

JOB, historia de un hombre sencillo


"Hace muchos años vivía en Zuchnow un hombre llamado Mendel Singer. Era devoto, temeroso de Dios y normal y corriente, un judío como cualquier otro." (...)
(...) "A las once de la mañana llegaron a Dubno. Mendel tuvo que esperar. Entró, con la gorra en la mano, en un gran portal. El portero llevaba un sable.
-¿A dónde vas? -preguntó.
-Quiero marcharme a América. ¿Dónde tengo que ir?
-¿Cómo te llamas?
-Mendel Mechelovitsch Singer.
-¿Para qué quieres marcharte a América?
-Para ganar dinero. No me va bien.
-Dirígete al número ochenta y cuatro -dijo el portero-. Allí ya hay unos cuantos esperando.
Estaban sentado en el amplio corredor abovedado, enlucido en un color amarillo ocre. Hombres de uniforme azul montaban guardia delante de las puertas. Pegados a las paredes había bancos marrones. Todos estaban ocupados. Pero en cuanto llegaba alguien más, los hombres de azul hacían un movimiento con la mano, y los que ya estaban sentados se apretaban, y de nuevo se sentaba uno más. Fumaban, escupían, cascaban pipas de calabaza y roncaban. El día allí no era día. A través del cristal lechoso de una claraboya muy alta, lejana, se percibía un pálido vislumbre de la mañana. Los relojes hacían tictac en algún lugar, pero avanzaban al mismo ritmo que el tiempo, que en aquel corredor de techos altos se habia detenido. De vez en cuando un hombre con uniforme azul gritaba un nombre. Todos los que se habían quedado dormidos se despertaban. Aquel al que habían llamado se levantaba, se tambaleaba en dirección a las puertas, se estiraba el traje y entraba por una de las puertas altas de doble hoja, que en lugar de picaporte tenían un pomo redondo de color blanco. Mendel pensó cómo debía manipular aquel botón para abrir la puerta. Se levantó. De estar tanto tiempo sentado, apretado entre aquellos hombres, le dolían las extremidades. Pero apenas se hubo levantado, uno de los hombres de azul se acercó a él.
-¡Sidaj! -gritó el hombre de azul-. ¡Siéntate!" (...)
Joseph Roth narra con un estilo brillante la odisea no buscada, sobrevenida por la fuerza de los aconteceres divinos y humanos, de un hombre sencillo, un judío en definitiva. Un judío de Rusia que atado a su fe y a las supersticiones de su época, en una sociedad cerrada, burocratizada, casi de castas, decide o casi aprovecha un resquicio por el que se cuela un mínimo aire de libertad para emigrar a América. La América de las libertades, del progreso eufórico y de la igualdad.
Un judío con plena condición de hombre, por más guiñapo que parezca, sobre el que gira su familia. Tres hijos, una hija y su mujer. Cada uno de ellos personajes perfilados absolutamente por Roth. Uno de carácter que se alistará en el ejército de los cosacos, otro inteligente, prófugo, que emigrará a Nueva York. El otro, desgraciado y marcado por la estrella de David, Menuchin, el que quizá nunca aprenderá a decir más que mamá, mamá. Menuchin, el tullido, que sin embargo...oye campanas. La contrapartida de Job, su mujer, influyente pero para nada condicionante de este hombre sencillo y, en apariencia, débil.
La vida discurre para Job con una monotonía aplastante. Los hechos se desencadenan y él sólo reza y a Dios invoca, de El espera y a El se encomienda, a El remite su futuro y se sabe proveniente de El.
¿Dónde queda la libertad, incluso para revelarse contra ese Dios, que lo es todo? Apenas queda, pero como Jesucristo hombre, Job exalta su santidad con esa rebelión cuando ya no puede más, cuando Dios, ese gigante de manazas infinitas juega con los mosquitos humanos sin medir bien sus fuerzas y lo aplasta literalmente pero como es Dios no lo mata. Será el primer milagro, y habrá otros. Todos los milagros son creíbles, son tipos de milagros que suceden. Milagros que le llenarán de felicidad tardíamente, que le reconfortarán de sus muchas calamidades, en un cumplimiento de voluntad divina que llega onerosa y tarde. Singer lo sabe y su reproche es justo, sólo le cabe a Dios avergonzarse.
Una novela exquisita para degustarla con el fino paladar de la inteligencia y la imaginación excitada por las líricas imágenes con que Roth la escribe. Pinceladas de humor y de vivos colores en los paisajes y en los personajes, voces de la naturaleza que habla por la blanca y crepitante dureza de la escarcha y por el croar de las ranas. Desde los trigales y desde los ríos llega Rusia. Desde el asfalto y los neones llega América. Vívidos colores bermellones, azules prusia y amarillos cadmio sobre el tapiz gris de la vida de este Job moderno.
Embebe, distrae, exalta y agudiza el sentido de lo bello, lo divino y lo humano esta magnífica novela de este resolutivo, inteligente y sensible novelista austríaco de origen judío, Joseph Roth.
TURKANA

viernes, 23 de mayo de 2008

MUJIK


Piensa el mujik algo tras el velo de sus ojos
que la fatiga tornasola en dos globos zarcos,
si pensar se llama al rumor que siente
desde las entrañas gatear hasta su frente.

Horas de rutina y esfuerzo, días, meses,
años del frío de la estepa en los huesos
no siente el tacto en la piel percudida
ni recuerda el calor somero en otros tiempos
de Natacha Pávlova tensar su arremetida.

Lo ha olvidado todo, con el tiempo,
de aquella chica joven marchita,
en pugna la juventud ciega por fecundar
su cuerpo en una maraña de ilusiones
sobre el campo duro de escarcha,
tálamo de dolor y tundra.

Sólo un rumor que gatea desde el centro
hasta su frente, en medio el corazón, que late
una y otra vez, como entonces, incandescente
cuando mira a Irina joven, tersa su piel,
y las promesas de nuevo al hombre,
que apenas le queda, si no fuera
por los presagios de la primavera próxima,
corta y fría, como todas en Siberia,
que por sus campos infinitos se avecina.

Si no fuera éste y el otro rumor,
sensaciones de vida que el mujik siente
ya no sería más que la fuerza bruta
de una inercia repetida desde el frío
azul de los Urales hasta Kazakhstan.

TURKANA

jueves, 22 de mayo de 2008

LA INTELIGENCIA SOCIAL


Puede que la llamada Inteligencia Social no sea un tipo más de inteligencia, un añadido de más o menos última hora a los diferentes tipos de inteligencia clásicamente considerados.

Puede que la Inteligencia Social sea, en realidad, la matriz intelectiva del ser humano, sobre la que se articulan en la infancia y, en base a su desarrollo en la edad adulta, se insertan las demás inteligencias, por supuesto, incluida la llamada Inteligencia Abstracta.

Quizá las reticencias, el fuerte obstáculo que ha debido vencer nuestra nueva incorporación, se deba a los mitos, en algún caso no tan mitos, sobre la torre de marfil de los científicos y las arcadias de los artistas. Es claro que un científico, difícilmente un artista, puede prescindir de gran parte de las interacciones sociales, más que nada de las convenciones sociales. En gran parte sí, pero no del todo. Aquí no se tratará de que prescinda más o menos y de la mayor o menor parte de esas interacciones sociales, se tratará de cómo la Inteligencia Social desarrolla las múltiples inteligencias y, sobre todo, de cómo la gestión de las múltiples inteligencias utiliza recursos provenientes del desarrollo de la Inteligencia Social.

No existe una definición global de la inteligencia. En todo caso existe un umbral de Inteligencia Global o promedio, bajo el que se considera que una persona es de promedio menos inteligente o más. Desde luego no aludimos al tan utilizado, cada vez menos, CI, Coeficiente de Inteligencia que llamaré de Prejuicio. Me refiero al Coeficiente de Inteligencia Abstracta o Simbólica, acordemos en llamarla así en sintonía con las pretensiones pasadas. Claro que el prejuicio era muchas cosas, entre ellas, científico o presuntamente científico, social y, cómo no, empresarial. Que es una inteligencia, sin duda, cómo no. Pero es una.

Hace algunos años el profesor de Harvard, Howard Gardner y otros han extendido la idea de que la inteligencia humana no es un rasgo único sino una amplia gama de distintas inteligencias. Se trata del concepto de Inteligencias Múltiples.

Karl Albrecht, investigador y experto en organizaciones ha identificado seis inteligencias primarias:

Inteligencia Abstracta o de razonamiento simbólico.
Inteligencia Social.
Inteligencia Práctica.
Inteligencia Emocional.
Inteligencia Estética.
Inteligencia Cinestésica.

En mayor o menor medida, todos tenemos todas. Algunos tienen talentos, es decir, desarrolladas varias inteligencias por encima del promedio. Los artistas gozarán de una saludable Inteligencia Estética pero, muy probablemente, tienen también una alta Inteligencia Abstracta y puede que, sorprendentemente, además posean una más que robusta Inteligencia Cinestésica, sin que por ello sean ni malabaristas, ni equilibristas, ni bailarinas profesionales.

Resaltar que la Inteligencia Emocional, publicitada en los últimos años por el Doctor Daniel Goleman ha despertado el interés popular por las posibilidades de desarrollar el modelo de las inteligencias múltiples con su libro "Inteligencia Emocional".

Por último, definimos de una forma básica la Inteligencia Social como la capacidad para llevarse bien con los demás y conseguir que cooperen con nosotros.

La importancia de la Inteligencia Social estaría determinada por el hecho de ser uno de los ingredientes clave para la supervivencia de nuestra especie.

A continuación se transcribe un entrecomillado de diferentes antropólogos y primatólogos.

En el Language Research Center de la Universidad Estatal de Georgia, en Atlanta, hay un mono que, armado de una pequeña palanca de mando, puede anticipar el complejo movimiento de un objeto en una pantalla de ordenador y, finalmente, capturar el objeto. La tarea requiere concentración y capacidad de anticipación o predicción respecto a la posible trayectoria de los objetos del videojuego, así como un buen control de la palanca de mando. En otra zona del centro hay chimpancés que pueden resolver problemas intelectuales aún más complejos, para los que se precisa, por lo general, una capacidad para anticipar tres o cuatro movimientos.

Esto plantea una cuestión espinosa, porque ¿qué tienen de natural las capacidades que acabo de describir?. Los psicólogos que estudian las capacidades cognitivas de monos y simios en laboratorio convienen en que los animales parecen ser mucho más listos de lo que requieren sus exigencias naturales. ¿Se ha mostrado derrochadora la selección natural al hacerlos más listos de lo realmente necesario?

¿Qué es lo que en la historia de la evolución ha permitido al ser cerebro humano crear una sinfonía de Mozart o la teoría de la relatividad de Einstein. La respuesta -según Nicholas Humphrey- es la vida social. Los primates tienen vidas sociales complejas. Esto es lo que los hace -y nos ha hecho- tan inteligentes. La idea de que las exigencias de la interacción social, tales como la creación de alianzas o el engaño a potenciales rivales, pudieran ser responsables de la agudización de la inteligencia humana. Parece, prima facie, extraño porque el nexo social es algo tan natural en la existencia humana que llega a hacerse invisible para nuestra mente.

Durante mucho tiempo, los antropólogos aceptaron la idea de que la tecnología, y no la interacción social, fue la fuerza motriz de la evolución del intelecto humano. Dado que nuestro mundo físico está dominado por los frutos de la invención, es lógico que estemos impresionados por la capacidad tecnológica humana. Pero en los grandes primates, los componentes más importantes en la realidad de un individuo son otros individuos.

Como en el ajedrez, una interacción social es fundamentalmente una transacción entre miembros de una comunidad. Exige un cierto nivel de inteligencia que no tiene paralelos en otras esferas de la vida. Hoy por hoy, la idea de la Inteligencia Social -o mejor dicho, las agudas exigencias intelectuales de una compleja vida social- se ha convertido en uno de los principales paradigmas entre los antropólogos.

¿Qué es lo que hace tan compleja la vida social de los primates para que se den entre ellos capacidades cognitivas sofisticadas? En una palabra, fundamentalmente las alianzas.

Lo que todo individuo busca, evidentemente, es el éxito reproductivo: producir el máximo posible de hijos sanos y socialmente aptos. En los grandes primates, el éxito reproductivo depende mucho más que en el resto de animales de los elementos sociales que de los elementos físicos, de fuerza o de aspecto. Las complejas interacciones del nexo social de los primates hacen del sistema selectivo, donde la astucia para pactar alianzas y controlar las alianzas de los demás permite acumular muchos más puntos en la carrera hacia el éxito reproductivo. Estas capacidades sociales se estructuran a partir de una aguda inteligencia analítica. En otras palabras, la selección natural ha extremado la inteligencia de los primates, de la misma forma y en el mismo contexto evolutivo que ha potenciado la fuerza y el aspecto físico de otros animales.

En nuestra futura exploración del origen de la conciencia humana comenzaremos a preguntarnos por qué los grandes primates son más inteligentes de lo estrictamente necesario para la cotidianidad de sus asuntos prácticos. Sugiero que las respuesta está en las intensas exigencias intelectuales de sus interacciones sociales, que generan una constante necesidad de comprender y superar a otros en la lucha por el éxito reproductivo. Nuestro cerebro es extraordinariamente grande, debido, en parte, a las exigencias de la interacción social, exigencias que alcanzaron niveles mucho más ricos y complejos que las de otros grandes primates.

TURKANA

viernes, 16 de mayo de 2008

CERTIDUMBRES


Transcripción de una conversación real por radio entre un barco estadounidense y las autoridades canadienses cerca de la costa de terranova.
[BARCO AMERICANO] POR FAVOR, DESVÍEN EL RUMBO 0,5 GRADOS HACIA EL SUR PARA EVITAR EL CHOQUE.
[CANADIENSE] LES RECOMIENDO QUE DESVÍEN EL RUMBO 15 GRADOS HACIA EL SUR PARA EVITAR EL CHOQUE.
[BARCO AMERICANO] LES HABLA EL CAMPITÁN DE UN BARCO ESTADOUNIDENSE. LES VUELVO A ADVERTIR QUE CAMBIEN EL RUMBO.
[CANADIENSE] NO, LE VUELVO A ADVERTIR QUE DESVÍEN EL RUMBO.
[BARCO AMERICANO] LES HABLA EL PORTAAVIONES ESTADOUNIDENSE MISSOURI. SOMOS UN BUQUE DE LA MARINA NORTEAMERICANA. CAMBIEN EL RUMBO, AHORA.
[CANADIENSE] ESTO ES UN FARO. CORTO.
(Fuente: Island times)

jueves, 15 de mayo de 2008

PASATIEMPO


Pasa el tiempo deprisa,
apenas fue visto.

Pasa el tiempo, lento,
tocando su badajo de campana.

La vida con él apresurada,
amores aventados y alegrías
por venir para otros
de ternuras rezagadas, pétalos
de flores diseminadas
en el ancho mar de la vida.

Esa sustancia informe
de que está hecho el tiempo
a todos nos quebranta
y por ella vuela la esperanza.

Sueña el viejo que vivió
y sueña que vivirá el niño,
el joven que vive, sueña.

Y entre sueños, la vida pasa
soñando que pasa, apenas
columbrada tras el horizonte
de titilantes pistilos y amapolas

TURKANA

martes, 13 de mayo de 2008

TRAVESURAS DE LA NIÑA MALA


"Ocurrieron cosas extraordinarias en aquel verano de 1950. Cojinoba Lañas le cayó por primera vez a una chica -la pelirroja Seminauel- y ésta, ante la sorpresa de todo Miraflores, le dijo que sí. Cojinoba se olvidó de su cojera y andaba desde entonces por las calles sacando pecho como un Charles Atlas. Tico Tiravante rompió con Ilse y le cayó a Laurita, Víctor Ojeda le cayó a Ilse y rompió con Inge, Juan Berreto le cayó a Inge y rompió con Ilse. Hubo tal recomposición sentimental en el barrio que andábamos aturdidos, los enamoramientos se deshacían y rehacían y al salir de las fiestas de los sábados las parejas no siempre eran las mismas que entraron. "¡Qué relajo!", se escandalizaba mi tía Alberta, con quien yo vivía desde la muerte de mis padres.


Las olas de los baños de Miraflores rompían dos veces, allá a lo lejos, la primera a doscientos metros de la playa, y hasta allí íbamos a bajarlas a pecho los valientes y nos hacíamos arrastrar unos cien metros, hasta donde las olas morían sólo para constituirse en airosos tumbos y romper de nuevo, en una segunda reventazón que nos deslizaba a los corredores de olas hasta las piedrecitas de la playa. (...)


(...) Pero el hecho más notable de aquel verano fue la llegada a Miraflores, desde Chile, su lejanísimo país, de dos hermanas cuya presencia llamativa y su inconfundible manerita de hablar, rapidito, comiéndose las últimas sílabas de las palabras y rematando las frases con una aspirada exclamación que sonaba como un "pué", nos pusieron de vuelta y media a todos los miraflorinos que acabábamos de mudar el pantalón corto por el largo. Y, a mí, más que a los otros.


La menor parecía la mayor y viceversa. La mayor se llamaba Lily y era algo más bajita que Lucy, a la que le llevaba un año. Lily tendría catorce o quince años a lo más y Lucy trece o catorce. El adjetivo llmativa parecía inventado para ellas, pero, sin dejar de serlo, Lucy no lo era tanto como su hermana, no sólo porque sus cabellos eran menos rubios y más cortos y porque se vestía con más sobriedad que Lily, sino porque era más callada y, a la hora de bailar, aunque también hacía figuras y quebraba la cintura con una audacia a la que ninguna miraflorina se atrevería, parecía una chica recatada, inhibida y casi sosa en comparación con ese trompo, esa llama al viento, ese fuego fatuo que era Lily cuando, instalados los discos en el pick up, reventaba el mambo y nos poníamos a bailar. (...)


(...) Yo de Lily me enamoré como un becerro, la forma más romántica de enamorarse -se decía también templarse al cien-, y, en ese verano inolvidable, le caí tres veces. La primera, en la platea alta del Ricardo Palma, ese cine que estaba en el Parque Central de Miraflores, en la matinée del domingo, y me dijo que no, era todavía muy joven para tener enamorado. La segunda, en la pista de patinaje que se inauguró justamente ese verano al pie del Parque Salazar, y me dijo que no, necesitaba pensarlo porque, aunque yo le gustaba un poquito, sus padres le habían pedido que no tuviera enamorado hasta que terminara el cuarto de media y ella estaba dodavía en tercero. Y, la última, pocos días antes del gran lío, en el Cream Rica de la avenida Larco, mientras tomábamos un milk-shake de vainilla, y, por supuesto, otra vez que no, para qué me iba a decir que sí ya que estando como estábamos parecíamos enamorados."


Travesuras de la niña mala


Mario Vargas Llosa



Perú, Chile, Cuba, París, Londres, Tokio, Madrid son las ciudades que forman parte del itinerante viaje que transcurre en paralelo al de la vida de las travesuras de la niña mala. La vida es un viaje que transita por los escenarios interiores y exteriores de los personajes. Los personajes, como los paisajes de la vida, son reales, unos, e ideales, otros. Vividos y soñados, personajes y paisajes, queridos y consentidos, impuestos, sobrevenidos y traídos por la vida, todos, personajes y paisajes.


Novela de paralelas y convergencias. Paralelos y convergentes, Ricardo y la niña mala. Ricardo, el niño bueno, que dice al oído de la niña mala huachaferías mientras la trajina como sólo a ella le gusta. Maravillosa historia de amor y desamor, de encuentros y desencuentros, de recuerdos y olvidos, de sexo y amor, de ternura y traición. Todo gira y se mueve en espiral, como se mueve la vida, lenta o rápida, según desde dónde la mires o según desde dónde la vivas. Y todo converge, por la segunda ley de la termodinámica, la entropía, hacia el desorden. Desorden aparente, pues todo queda, y queda en un universo de puntos referentes generatrices de mil tortuosas formas prendidas en el aire de los sueños o en la textura de las cosas que fueron tocadas, de las palabras que fueron narradas y escuchadas, susurradas, pensadas, incluso, no dichas, capaces de cambiar lo imperceptible.


Nada es lo que parece pero todo apunta a que parezca ser lo que parece. La niña mala, parece mala. Ricardo, el niño bueno, parece bueno. La historia de amor entre ambos apunta a que parezcan ser lo que parecen. Pero quizá no sean dos y sean uno. Se necesitan y se prescinden mutuamente como a nosotros mismos. La niña mala no sería nada sin Ricardo y éste sin ella, polvo de las estrellas. Juntos, dan sentido al universo. El amor es la energía que los anima, el halo vital que los creó y mantiene, el amor paradójico y paradigmático, indescriptible e indefinible.


Puede que una novela no pueda serlo todo. Puede que la ilusión que albergamos de que una novela sea todo y encontremos en ella la satisfacción, tantas veces esquiva, de haber vivido un tiempo consciente de nosotros mismos y de la vida, que es lo mismo, puede que nunca sea posible del todo. Lo dice la niña mala "yo nunca estaré contenta con lo que tenga. Siempre querré más". Pero puede ser que atisbemos en esta formidable novela la satisfacción plena.


Inteligencia sublime de Mario Vargas Llosa que recocija los sentimientos y los sentidos en la música de la lengua española. Debería leerse en voz alta, su lengua, nuestra lengua, en la escuelas, institutos y universidades para que la inteligencia media subiera de media.


TURKANA


domingo, 11 de mayo de 2008

viernes, 9 de mayo de 2008

EXISTENCIAS EXTREMÓFILAS



Seres precarios, de apenas existencia, surgidos de entre la lava de los volcanes y del calor de las fuentes termales del fondo de los océanos, existencias extremófilas habitaban la tierra mientras en el ir y devenir de las estrellas surgía un tiempo que nos contendría.
Montañas de Fuego de Lanzarote, apenas levanta su tenue polvo el lagarto de Haria.
Un mar de plata fundida lame abruptos acantilados cincelados con la escoria negra del fondo de la tierra.
Un sol a plomo transfigura la perspectiva y los colores se disuelven en la luz encegadora. Solo el verde metálico de las bacterias en la laguna del Golfo se representa como una esmeralda clavada en el centro del cerebro.
Y el ser humano, que es muy dado a las coincidencias busca entre las rocas olivinas, florecillas verdes petrificadas.
De lo más inerte surge la vida. Los límites se diluyen y los extremos confluyen en los puntos medios.
"Cuando se buscan conexiones se acaba encontrándolas por todas partes y entre cualquier cosa. El mundo estalla en una red, un torbellino de parentescos en el que todo remite a todo, y todo explica todo".
Umberto Eco
TORKANA

HOMO SAPIENS


Homo Sapiens ocupa una brevísima porción de tiempo en la historia de la tierra un breve, efímero momento. Nuestro planeta tiene entre 4.000 y 5.000 millones de años. La vida primitiva empezó aquí hace unos 4.000 millones de años; las primeras formas de vida en la Tierra aparecieron hace unos 350 millones de años; el primer mamífero, hace 200 millones de años; los primeros primates, hace algo más de 66 millones de años; los primeros simios hace 30 millones de años; los primeros homínidos, hace unos 7,5 millones de años; Homo sapiens, tal vez hace 0,1 millones de años. Pese a la multiplicidad, la complejidad y la riqueza de las cosas que hay en la historia de la Tierra capaces de cautivarnos, nosotros, ineludiblemente, nos vemos abocados a interesarnos por nuestros propios orígenes.

Esta pasión por conocer, por saber cómo llegamos a ser y qué nos hizo ser lo que somos, nos revela algo, evidentemente, acerca de nuestra propia naturaleza. Somos criaturas de conocimiento, es cierto. Pero, más importante aún, somos criaturas abocadas a saber.

Richard Leakey y Roger Lewin
"Nuestros orígenes"
En busca de lo que nos hace humanos

¿ Por qué vivo en la colina verde-jade?
Río y no respondo. Mi corazón sereno:
Flor de durazno que arrastra la corriente.
No el mundo de los hombres.
Bajo otro cielo vivo, en otra tierra.

Li Po

Lago Turkana, también llamado Mar de Jade. Jade, el esperma seco del dragón, según la mitología china. Jade, la piedra de la creación, según la mitología maya.

Flor del durazno, bellísima flor de suculentos y tibios frutos de carne blanca y anaranjada que proporcionarán larga vida a quienes los mastiquen.

TURKANA