José Merce mammy blue

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sábado, 18 de julio de 2009

ESPERANDO A LOS BÁRBAROS


La herida de la mejilla, que nunca me he lavado ni vendado, está tumefacta e infectada. Una costra como una oruga gruesa se ha formado sobre ella. El ojo izquierdo es una mera raya, la nariz una protuberancia informe y palpitante. Tengo que respirar por la boca.

Estoy echado en medio del hedor de vómitos secos, pensando obsesivamente en el agua. No he bebido nada en dos días.

No hay nada ennoblecedor en mi sufrimiento. Apenas algo de lo que llamo sufrimiento es siquiera dolor. Lo que me hacen padecer es el sometimiento a las necesidades más elementales de mi cuerpo: beber, evacuar, encontrar la postura en que menos duele. La primera vez que el suboficial Mandel y su hombre me trajeron de vuelta aquí y encendieron la lámpara y cerraron la puerta, me pregunté cuánto dolor sería capaz de resistir un viejo rollizo y comodón en nombre de sus excénticas ideas sobre cómo debería conducirse el Imperio. Pero a mis torturadores no les interesaban los distintos grados de dolor. Únicamente les interesaba demostrarme lo que significaba vivir en un cuerpo, solo como un cuerpo, un cuerpo que puede abrigar ideas de justicia solo mientras esté ileso y en buen estado, y que las olvida tan pronto como le sujetan la cabeza y le meten un tubo por la garganta y echan por él litros de agua salada hasta que tose y tiene arcadas y sufre convulsiones y se vacía. No vinieron para sacarme a la fuerza el relato de lo que les había dicho a los bárbaros ni de lo que los bárbaros me dijeron a mí. Por tanto, no tuve ocasión de espetarles a la cara las palabras altisonantes que tenía preparadas. Vinieron a mi celda para enseñarme el significado de la palabra "humanidad", y me enseñaron mucho en el espacio de una hora.

J. M. Coetzee tiene la capacidad de Dostoievski para narrar los conflictos humanos interiores: las grandes pasiones y las pequeñas, el diálogo interior entre la sociedad, el poder y el individuo, la lucha que acontece en cada uno de nosotros por reafirmar nuestra individualidad frente a multitud de factores disolventes. En suma, Coetzee descubre las fuentes de ese gran río interior que nuestro cerebro segrega y que, incesantemente, siempre misterioso, nos llena de su rumor.

Crea personajes reales, qué más da que sean una mezcla de varios reales o de ficticios con rasgos reales. Son tan reales que aunque fueran soñados lo seguirían siendo, aunque fuesen inventados no dejarían de serlo. No son reales principalmente porque estén insertos en una época determinada, en una cultura o sociedad, como la sudafricana del apartheid. Ni siquiera lo son más por mucho que esa sociedad sea tan marcada, de rasgos, individuales y colectivos, tan terribles. El sufrimiento y las bajezas, la barbarie siempre es individual. Una época no es bárbara, ni lo es un colectivo histórico, social o, incluso, político. Son sólo los sistemas que permiten que afloren, que concitan, que sintonizan, que condescienden e, incluso, positivizan la barbarie, el canibalismo inteligente humano individual. Es la humanidad afectada, previa a todo, la única capaz de desplegar ese ritual inteligente de sangre y sufrimiento infinitos, a veces, humanos. Sólo se sufre lo que de alguna manera se puede percibir de una forma inteligente. La inmensidad del horror surge de comprender ese horror, de intentar comprenderlo, de verlo reflejado en los demás. Este "ver en los demás" es una auténtica capacidad humana de entender, se sentir. La empatía de los psicólogos. Ponerse en el lugar del otro, sin ser el otro. Ver cómo sufre el otro para saber cómo se podría llegar a sufrir. Provocar el sufrimiento del otro sabiéndose a salvo. Viendo sufrir a los demás se siente uno más libre. Hacer sentir y pensar sobre el dolor. Siempre van unidos el dolor físico y moral, aunque su relación sea inversa. Cuando el dolor físico es muy intenso, la moral, la centralidad individual humana se disuelve, y cuando el dolor, poco a poco, se va disolviendo en oleadas cada vez más planas vuelve esa moral, y vuelve el recuerdo del sufrimiento pasado. Pero no es el dolor pasado. Ningún recuerdo del horror se puede rememorar. Siempre se elabora. Una centralidad egocéntrica no es compatible con los estados más extremos del sufrimiento. Se recuerdan los horrores del campo de concentración por los que los sufrieron pero no son los horrores que sufrieron. No pueden serlo.

El horror en Sudáfrica es insondable. ¿Cuánto dolor cabe en el corazón humano? ¿cuánto dolor puede soportar el cerebro del hombre antes de desconectarse? Más del que cabe, más del que soporta. Porque el horror sigue siendo horror aunque ya no estemos nosotros. El horror, la barbarie y la depravación siguen existiendo aunque ya no estemos nosotros. Es horrible esa entropía de las almas, esa putrefacción lenta o rápida, de los cuerpos. Aunque siempre requiere una mirada, un espectador. El punto de vista no es objetivo, como nunca es inocente. No fueron inocentes los alemanes, los españoles, ni los incas, ni los aztecas. Ni somos ahora mismo inocentes de la culpa de los entonces. Quizá sea esa la mejor explicación del pecado del primer hombre, la mejor parábola de la transmisión de ese pecado Eva-Adán a toda la especie humana.

¿Hay esperanza? ¿habrá alguna vez paz en el corazón humano, sosiego, cesará la terrible violencia, el espanto, el inmenso sufrimiento de los hombres? ¿puede cesar?

desde luego se opone al espanto toda la maravillosa luz de la vida, la salud, la juventud, la fuerza, el erotismo, la sensualidad, el sexo, el conocimiento, la sensibilidad y esa extraña manera de perversión llamada bondad. Una perversión negativa. Los ángeles blancos del hombre, sólo que llevan en sí las larvas de los ángeles negros. Larvas que pueden crecer o mutar, y florecer en circunstancias propicias. Prever el favor de estas circunstancias debería ser una tarea nuestra para prevenir que se dieran. Pero, ¿es posible? Es deseable. ¿Por qué es deseable?

Esperando a los bárbaros es una novela de clara intención moral: parábola de una Sudáfrica desquiciada por el racismo, toda ella es una denuncia de la brutalidad, de la arrogante ignorancia del poder; como contrapunto, el magistrado se erige en símbolo de la razón humanitaria, avasallada por una violencia inducida. Escrita con una admirable economía de medios, este es un ejercicio de maestría literaria que inevitablemente inquieta y fuerza a pensar.

J. M. Coetzee nació en 1940 en Ciudad del Cabo y se crió en Sudáfrica y Estados Unidos. Profesor de literatura en la Universidad de Ciudad del Cabo, traductor, lingüista, crítico literario y Premio Nobel de Literatura en 2003.

TURKANA

miércoles, 8 de julio de 2009

YUKIO MISHIMA, SED DE AMOR


"21 de septiembre (miércoles)

>>Ha acabado otro día doloroso. Cómo he conseguido resistirlo es un misterio para mí. Por la mañana fui al centro de distribución a buscar nuestra ración de miso. El hijo de los encargados del centro tiene pulmonía, pero lo han tratado con penicilina y parece que está mejorando. ¡Qué mala suerte! Si muriera el hijo de esa mujer que anda murmurando a mis espaldas tendría, como mínimo, un consuelo.

>>Cuando se vive en el campo, hay que tener un alma sencilla, pero los Sugimoto, con su asquerosa y altiva esterilidad, hacen la vida campestre mucho más difícil y penosa. Me gusta tener un alma sencilla. Incluso llego a pensar que no hay nada tan hermoso como un espíritu sencillo en un cuerpo sencillo. Sin embargo, cuando me hallo frente al profundo abismo que se abre entre mi alma y esa alma, no sé qué hacer. ¿Es posible convertir el anverso de una moneda en el reverso? Simplemente, cogiendo una moneda sin desperfectos y agujereándola. Esto es el sucuicidio.

>>De vez en cuando rondo cerca de este punto, movida por la decisión de poner fin a mi vida. Mi compañero huye a un lugar infinitamente lejano. Y entonces, de nuevo estoy sola, rodeada de aburrimiento. Estos callos en mis manos...son ridículos.>>

Yukio Mishima, "Sed de amor"

Una buena novela de este gran hombre de acción y pensamiento, también gran escritor, de la literatura japonesa. En Sed de amor analiza la tormentuosa relación entre los miembros de una familia en el Japón del Siglo XX. Están presentes el amor, el odio, la envidia, los celos, la estupidez, el intelectualismo, la ironía, el menosprecio, la juventud, la muerte y la vejez. Así que todas las grandes pasiones y bajezas humanas. Bien dosificadas en un ritmo in crescendo lento con desenlace fulgurante inevitable. Recuerda su exposición de los grandes sentimientos humanos a Shakespeare, y lo recuerda mucho. Igual su inteligencia psicológica y parecida su teatralidad en ocasiones.

Está presente el inevitable Japón no del todo concluida nuna su transición desde el medievo hasta el modernismo. Tan presente está el ruralismo y la servidumbre como lo está el teléfono y la occidentalización, aunque esta sea hacia la Francia postbélica. Imprescidible y maravilloso siempre el contexto natural propio de la lírica y narrativa japonesas. El cielo, las nubes, los árboles, las flores, los melocotoneros, los cerezos, la lluvia, el viento...una cierta cadencia meteorológica muy expresiva en ritmo lento que no llega a determinar pero que siempre matiza los sentimientos de los personajes.

Ruralismo, progresismo, empresa y jerarquías familiares y de éxito social y económico se enredan entre los personajes.

Por último, Yukio Mishima, desvela, una vez más un espíritu indómito, quizá romántico, apasionado, vital, sensual. Desde luego de él podría decirse que es el último Samurai. Algunos han dicho que el gran fascista. Estos no tienen ni idea. Académicamente diríamos que encarna ese ideal medieval del hombre ilustrado y militar. Aunque su militarismo sea algo más que lo que esa palabra significa hoy día. Una palabra ahora degradada por los gobiernos para la clase media idiotizada imperante. Él es un guerrero en el que las palabras honor y dignidad, esfuerzo, muerte y suicidio final están justificados en la propia acción y dónde las palabras nada justifican, aunque se pueda pensarlos en palabras, incluso expresarlos. Yukio Mishima, imprescindible.
Dibujo al lápiz de KLSADAKO

TURKANA

domingo, 5 de julio de 2009

EL AUTISMO O SÍNDROME DE ASPERGER


Tom, un ciego de raza negra...se parece a cualquier muchacho negro de 13 años y es completamente ciego e idiota en todo excepto en la música, el lenguaje, la imitación y quizá la memoria. No ha recibido enseñanza musical ni ningún tipo de educación...es capaz de interpretar cualquier pieza al primer intento con la misma pericia que el mejor pianista.

...Una de sus proezas más destacables fue la interpretación de tres piezas musicales al mismo tiempo. tocó "Fisher´s Honrpipe" con una mano y "Yankee Doodle" con la otra, mientras cantaba "Dixie". También tocó una pieza dándole la espalda al piano y con las manos cruzadas.

...Hasta los cinco años no supo hablar, apenas podía caminar, y no dio otro signo de inteligencia que su perdurable avidez de música.

Tom pertenece a los denominados "Idiot savants". Es un niño autista.

El autismo es una enfermedad que siempre ha existido, en todas las épocas y culturas.

El autismo fue descrito en el siglo XX médicamente por Leo Kanner y Hans Asperger.

CARACTERÍSTICAS:

* Soledad mental: exclusión del exterior, sobre todo de las personas, no de los objetos.

* Insistencia obsesiva en la monotonía.

* Movimientos y ruidos repetitivos y estereotipados.

* Adopción de elaborados rituales y rutinas.

* Intereses singulares y restrictivos.

* Fascinaciones y fijaciones intensas, limitadas y concentradas.

* Captación de las cosas con breves miradas periféricas.

* Pobreza de gestos y expresiones faciales.

* Los talentos emergen a una edad temprana.

* Extraordinarias facultades verbales.

* Memoria prodigiosa.

* Carencia en el razonamiento.

Para hacernos una idea de las asombrosas facultades verbales de los "savants" hay que decir que son capaces a los 2 años, de leer libros y periódicos con la mayor facilidad aunque sin comprender nada. Su habilidad de descodificación es totalmente fonológica y sintáctica, nunca semántica. Pueden leer un libro una sola vez y repetirlo posteriormente sin un solo error.

Existen savants dibujantes, músicos, verbales, calculadores, atléticos, olfativos e, incluso, táctiles.

Un joven autista recorre en equilibrio una cuerda floja, con gran precisión y sin miedo, un día después de verlo hacer en el circo.

Oliver Sacks: "Un antropólogo en Marte"

TURKANA