José Merce mammy blue

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domingo, 11 de mayo de 2014

JORDI ACEDO: LA LLAMADA DE LAS VOCES



Imaginad la vida. Ese río de magma lento y denso que discurre ante nuestros ojos alucinados. Ojos incapaces de ver el todo o de acomodar los detalles. Nos cuesta ver el todo y nos cuesta ver los detalles. Fluctúan entre uno y los otros. Ojos sorprendidos en las casualidades y entrenados para las causalidades, en el mejor de los casos. El detalle está en si las casualidades son necesarias a las causalidades o sólo son necesarias a nuestros ojos. Una condición epistemológica de nuestros cerebros evolucionados para sobrevivir. Y sobrevivimos convirtiendo la materia de los sueños en realidad mientras soñamos la realidad. Luego, al recordar, que es la sustancia de que está hecha la vida experimentamos la amalgama jaspeada de nuestros pasado como una conciencia única y real de lo que somos en ese preciso momento.
 
Un escritor, Jordi Acedo, hace unos años está sentado en el Marítim de Cadaqués. Desayuna en la terraza mientras abre una novela que ha llegado a sus manos. Sus ojos sorprendidos desgarran ávidos la cortina pesada de una realidad hasta ese momento monótona. Es una realidad nítida, de vivísimos colores y perfilada en todos sus detalles, sin acomodación de nuestros ojos. El magma es delicuescente y fluido. Abarca todo, las vidas y los trasuntos. Los objetos son orgánicos y la fatalidad de los hombres casi objeto. Descubre Jordi, un lenguaje torrencial, alegre, de malabar, con adjetivos como guijarros  grandes y prehistóricos, blancos y pulidos dando forma a los adjetivos. Y llora. No tiene opciones. Reconoce el genio. Entra directamente en su sangre para macerar todas sus células. Una explosión de alegría, de optimismo, de vida. Merece la pena la vida por esto. Son escasos los momentos pero cuando llegan y se anuncian en los límites de la inteligencia con señales que parecen de otro mundo uno no puede hacer otra cosa que reconocerlos. Eso hace Jordi, los va reconociendo en Cadaqués, en su amplia bahía con una luz llena de píxeles que obliga a entornar los ojos como en los sueños.
 
El otoño del patriarca deshilvana historias a la sombra tamizada de los olivos. La sombra en Cadaqués tiene colores que transustancian la realidad. Un lugar sin límites. Es un sueño, Cadaqués. Una realidad melífera que se derrama por los bancales de olivos.
 
Dalí, ante sus ojos. El surrealismo, otra forma de ver. O la forma de ver más. Todo sucede a la vez, Todavía Dios no ha creado el tiempo. Dalí, Jordi, El otoño del patriarca, Gabo. El genio vivió unos días en Cadaqués. La Tramontana, ese viento endiablado que pugna constante por doblar la realidad mágica del lugar sin límites. Arrastró fuera de allí y de sí, apesadumbrado y encorchetado por los malos augurios, a Gabo. No quería intermediar entre Dios y los hombres y huyó de un magnético rincón del Mediterráneo que pensó sería su tumba de permanecer más tiempo.
 
Hace sol. Jordi sigue leyendo. Ya no llora. Se ríe. Es de noche. El cielo azul Prusia y el mar azul ultramar. La luna llena, plata pura, pegada a la bahía. Riela su crespa luz sobre los rizos de las olas, ya se sabe. Vuelvo mis ojos mientras me alejo de Cadaqués y miro la luna. Dos lunas, como en los sueños. Una real y otra su reflejo. Ambas necesarias y las dos un destino.
 
Turkana
 
Fotografía Antonio Gil

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