martes, 6 de octubre de 2009

AMOR FILIAL


-Mamá, te quiero- me comentaba el otro día una amiga que le había dicho su niño de 4 añitos. Madre satisfecha y afortunada de un hijo, por otra parte, también afortunado. Este niño, Samarin, de origen siberiano, ha nacido dos veces. La primera de forma natural y una segunda vez, al año y algo, con la fortuna de una adopción que le libró de un mundo oscuro y sin perspectivas al que es bastante probable estaba avocado de no haber intermediado este azar. Los horfanatos rusos son un reflejo cortante de la tumultuosa alma de ese país. Niños abandonados por padres excedentes del mundo de la droga y la delincuencia aparcados en centros de arquitectura fría y burocracia no menos fría. Bebés desafectos, que se agarran con uñas y dientes, aun de leche, al desfile de padres futuribles con mil artimañas ideadas a la medida de su edad.

Uno siempre está tentado de poner su nota crítica en los sistemas de adopción que las legislaciones de los países receptores y donantes establecen. En este caso, España y Rusia, dos naciones que parecen competir en trabas para los procesos de adopción. Todo, eso sí, en la aparente salvaguarda de los derechos del menor y de los padres naturales. Bien estaría ese punto de mira si no se invalidara con la duración, la inseguridad, la oscuridad, la rigidez, la arbitrariedad y , -¡dioses del Olimpo!- el coste de ese largo viacrucis para los padres adoptivos.

Samarin me quiere. Con que facilidad y con cuanta frecuencia proyectamos nuestros deseos en los objetos que nuestro sentimiento elige. Y hacemos filigranas para adaptarlos a lo que nuestra conveniencia nos dicta, consciente o inconscientemente. Una madre siempre se creerá tributaria al amor de su hijo y no reparará para ello ni en edades convenientes ni en sutilezas semánticas. Es, como tantas otras, una forma interesada de ver una realidad que nos resulta hostil.

Los niños no aman a sus padres, no ven en ellos más que una fuente de satisfacción de apremios en ese mundo de perspectiva incierta que es la niñez. Desde luego que si no los aman no será por una maldad intrínseca y a poco que reparemos y, sobre todo, recordemos nuestra propia infancia, os apercibiremos que esa apatía cordial es producto de la inmaduración propia de ese momento de nuestra vida.

El amor, el cariño y la ternura son sentimientos más o menos conexos que requieren de la experiencia, de la elaboración que decanta el tiempo. El niño aún no es poseedor ni usufructuario del tiempo para amar, como no lo es de la percepción visual. En la infancia estos sentimientos futuros, nunca garantizados, son potencialidades que se irán desarrollando desde el propio yo. El amor irá cristalizando en la interacción con los otros y con el mundo. No existen el amor, el cariño y la ternura como objetos inamovibles a los que el sujeto se adhiera sino que devendrán propiedades emergentes en el transcurso del tiempo. Un tiempo físico y social por el que todos transitamos.

El amor, esa pasión sostenida, que engloba el cariño y la ternura es un sentimiento tan complejo como primitivo. Primitivo, que no primigenio. En todas sus variantes el amor es exultante, sea el que se da a los demás o sea el que se da y reclama en pareja. Es sutil, aunque ciego. Ha sido cantado y denostado, sufrido y anhelado. El amor no puede ser suplicado, sólo padecido. Da y no da la felicidad. Es creador y mueve las estrellas. Y está, como ellas, hecho del polvo cósmico. El amor diluye las almas deshabitadas y se convida en los palacios compartidos.

No es para menos, pues del amor surgiran esos mismos niños, esos bebés que continuarán con el gran proceso de feed-back que es la vida, la misteriosa vida. Lo deseable sería que todos los bebés naciesen del amor. Un deseo tan convencional como el pretendido amor de los hijos para sus padres. Infinidad de bebés surgen del odio, del autoodio, de la marginación e irán a parar a un mundo cerrado e injusto cuando no, niñas, sexual y terriblemente explotadas justo en la edad para comprender qué cosa es el amor.

TURKANA

sábado, 1 de agosto de 2009

LA CASA ABANDONADA


He venido al silencio de la aldea en invierno.
Los chopos de la vega, desnudos, más permiten
que penetre la luz, plateada, en su ámbito.
Las laderas del fondo, las masas de robles,
bermejas y encogidas, aclaran su horizonte.

Como una sombra fría llegando al corazón,
hay algo de aterido sobre esta piedra antigua
a pesar de la vasta invasión de la luz.

El frío ya es un bloque cuando empujo la puerta
de la vieja morada cuya ruina subraya
fría luz que se adentra por todos los rincones:
el menaje quebrado, el polvo en la alacena,
el escaño encerado por el uso y gastado,
el hogar con la fría ceniza de otro tiempo...

El tiempo, como un lobo, tuvo aquí su guarida
sin que nadie frenara su colmillo insaciable.

Recuerdos imborrables gimen por las esquinas
que, de pronto, suscitan las más queridas sombras.

Sin duda gritaría como un loco furioso
mientras todas mis sombras se concitan con frío,
cuando advierto ceniza que fue tibia y aún brasa,
al ver amortecidas tantas ramas en torno
al sentir predominio final de este silencio.

Sin duda gritaría como un loco furioso
si no anidara en mí rescoldo de esperanza.

No grito, pero el llanto se congrega en mis párpados
mientras la niebla fría se adueña del espíritu.

Alfonso Prieto Prieto
TURKANA

sábado, 18 de julio de 2009

ESPERANDO A LOS BÁRBAROS


La herida de la mejilla, que nunca me he lavado ni vendado, está tumefacta e infectada. Una costra como una oruga gruesa se ha formado sobre ella. El ojo izquierdo es una mera raya, la nariz una protuberancia informe y palpitante. Tengo que respirar por la boca.

Estoy echado en medio del hedor de vómitos secos, pensando obsesivamente en el agua. No he bebido nada en dos días.

No hay nada ennoblecedor en mi sufrimiento. Apenas algo de lo que llamo sufrimiento es siquiera dolor. Lo que me hacen padecer es el sometimiento a las necesidades más elementales de mi cuerpo: beber, evacuar, encontrar la postura en que menos duele. La primera vez que el suboficial Mandel y su hombre me trajeron de vuelta aquí y encendieron la lámpara y cerraron la puerta, me pregunté cuánto dolor sería capaz de resistir un viejo rollizo y comodón en nombre de sus excénticas ideas sobre cómo debería conducirse el Imperio. Pero a mis torturadores no les interesaban los distintos grados de dolor. Únicamente les interesaba demostrarme lo que significaba vivir en un cuerpo, solo como un cuerpo, un cuerpo que puede abrigar ideas de justicia solo mientras esté ileso y en buen estado, y que las olvida tan pronto como le sujetan la cabeza y le meten un tubo por la garganta y echan por él litros de agua salada hasta que tose y tiene arcadas y sufre convulsiones y se vacía. No vinieron para sacarme a la fuerza el relato de lo que les había dicho a los bárbaros ni de lo que los bárbaros me dijeron a mí. Por tanto, no tuve ocasión de espetarles a la cara las palabras altisonantes que tenía preparadas. Vinieron a mi celda para enseñarme el significado de la palabra "humanidad", y me enseñaron mucho en el espacio de una hora.

J. M. Coetzee tiene la capacidad de Dostoievski para narrar los conflictos humanos interiores: las grandes pasiones y las pequeñas, el diálogo interior entre la sociedad, el poder y el individuo, la lucha que acontece en cada uno de nosotros por reafirmar nuestra individualidad frente a multitud de factores disolventes. En suma, Coetzee descubre las fuentes de ese gran río interior que nuestro cerebro segrega y que, incesantemente, siempre misterioso, nos llena de su rumor.

Crea personajes reales, qué más da que sean una mezcla de varios reales o de ficticios con rasgos reales. Son tan reales que aunque fueran soñados lo seguirían siendo, aunque fuesen inventados no dejarían de serlo. No son reales principalmente porque estén insertos en una época determinada, en una cultura o sociedad, como la sudafricana del apartheid. Ni siquiera lo son más por mucho que esa sociedad sea tan marcada, de rasgos, individuales y colectivos, tan terribles. El sufrimiento y las bajezas, la barbarie siempre es individual. Una época no es bárbara, ni lo es un colectivo histórico, social o, incluso, político. Son sólo los sistemas que permiten que afloren, que concitan, que sintonizan, que condescienden e, incluso, positivizan la barbarie, el canibalismo inteligente humano individual. Es la humanidad afectada, previa a todo, la única capaz de desplegar ese ritual inteligente de sangre y sufrimiento infinitos, a veces, humanos. Sólo se sufre lo que de alguna manera se puede percibir de una forma inteligente. La inmensidad del horror surge de comprender ese horror, de intentar comprenderlo, de verlo reflejado en los demás. Este "ver en los demás" es una auténtica capacidad humana de entender, se sentir. La empatía de los psicólogos. Ponerse en el lugar del otro, sin ser el otro. Ver cómo sufre el otro para saber cómo se podría llegar a sufrir. Provocar el sufrimiento del otro sabiéndose a salvo. Viendo sufrir a los demás se siente uno más libre. Hacer sentir y pensar sobre el dolor. Siempre van unidos el dolor físico y moral, aunque su relación sea inversa. Cuando el dolor físico es muy intenso, la moral, la centralidad individual humana se disuelve, y cuando el dolor, poco a poco, se va disolviendo en oleadas cada vez más planas vuelve esa moral, y vuelve el recuerdo del sufrimiento pasado. Pero no es el dolor pasado. Ningún recuerdo del horror se puede rememorar. Siempre se elabora. Una centralidad egocéntrica no es compatible con los estados más extremos del sufrimiento. Se recuerdan los horrores del campo de concentración por los que los sufrieron pero no son los horrores que sufrieron. No pueden serlo.

El horror en Sudáfrica es insondable. ¿Cuánto dolor cabe en el corazón humano? ¿cuánto dolor puede soportar el cerebro del hombre antes de desconectarse? Más del que cabe, más del que soporta. Porque el horror sigue siendo horror aunque ya no estemos nosotros. El horror, la barbarie y la depravación siguen existiendo aunque ya no estemos nosotros. Es horrible esa entropía de las almas, esa putrefacción lenta o rápida, de los cuerpos. Aunque siempre requiere una mirada, un espectador. El punto de vista no es objetivo, como nunca es inocente. No fueron inocentes los alemanes, los españoles, ni los incas, ni los aztecas. Ni somos ahora mismo inocentes de la culpa de los entonces. Quizá sea esa la mejor explicación del pecado del primer hombre, la mejor parábola de la transmisión de ese pecado Eva-Adán a toda la especie humana.

¿Hay esperanza? ¿habrá alguna vez paz en el corazón humano, sosiego, cesará la terrible violencia, el espanto, el inmenso sufrimiento de los hombres? ¿puede cesar?

desde luego se opone al espanto toda la maravillosa luz de la vida, la salud, la juventud, la fuerza, el erotismo, la sensualidad, el sexo, el conocimiento, la sensibilidad y esa extraña manera de perversión llamada bondad. Una perversión negativa. Los ángeles blancos del hombre, sólo que llevan en sí las larvas de los ángeles negros. Larvas que pueden crecer o mutar, y florecer en circunstancias propicias. Prever el favor de estas circunstancias debería ser una tarea nuestra para prevenir que se dieran. Pero, ¿es posible? Es deseable. ¿Por qué es deseable?

Esperando a los bárbaros es una novela de clara intención moral: parábola de una Sudáfrica desquiciada por el racismo, toda ella es una denuncia de la brutalidad, de la arrogante ignorancia del poder; como contrapunto, el magistrado se erige en símbolo de la razón humanitaria, avasallada por una violencia inducida. Escrita con una admirable economía de medios, este es un ejercicio de maestría literaria que inevitablemente inquieta y fuerza a pensar.

J. M. Coetzee nació en 1940 en Ciudad del Cabo y se crió en Sudáfrica y Estados Unidos. Profesor de literatura en la Universidad de Ciudad del Cabo, traductor, lingüista, crítico literario y Premio Nobel de Literatura en 2003.

TURKANA

miércoles, 8 de julio de 2009

YUKIO MISHIMA, SED DE AMOR


"21 de septiembre (miércoles)

>>Ha acabado otro día doloroso. Cómo he conseguido resistirlo es un misterio para mí. Por la mañana fui al centro de distribución a buscar nuestra ración de miso. El hijo de los encargados del centro tiene pulmonía, pero lo han tratado con penicilina y parece que está mejorando. ¡Qué mala suerte! Si muriera el hijo de esa mujer que anda murmurando a mis espaldas tendría, como mínimo, un consuelo.

>>Cuando se vive en el campo, hay que tener un alma sencilla, pero los Sugimoto, con su asquerosa y altiva esterilidad, hacen la vida campestre mucho más difícil y penosa. Me gusta tener un alma sencilla. Incluso llego a pensar que no hay nada tan hermoso como un espíritu sencillo en un cuerpo sencillo. Sin embargo, cuando me hallo frente al profundo abismo que se abre entre mi alma y esa alma, no sé qué hacer. ¿Es posible convertir el anverso de una moneda en el reverso? Simplemente, cogiendo una moneda sin desperfectos y agujereándola. Esto es el sucuicidio.

>>De vez en cuando rondo cerca de este punto, movida por la decisión de poner fin a mi vida. Mi compañero huye a un lugar infinitamente lejano. Y entonces, de nuevo estoy sola, rodeada de aburrimiento. Estos callos en mis manos...son ridículos.>>

Yukio Mishima, "Sed de amor"

Una buena novela de este gran hombre de acción y pensamiento, también gran escritor, de la literatura japonesa. En Sed de amor analiza la tormentuosa relación entre los miembros de una familia en el Japón del Siglo XX. Están presentes el amor, el odio, la envidia, los celos, la estupidez, el intelectualismo, la ironía, el menosprecio, la juventud, la muerte y la vejez. Así que todas las grandes pasiones y bajezas humanas. Bien dosificadas en un ritmo in crescendo lento con desenlace fulgurante inevitable. Recuerda su exposición de los grandes sentimientos humanos a Shakespeare, y lo recuerda mucho. Igual su inteligencia psicológica y parecida su teatralidad en ocasiones.

Está presente el inevitable Japón no del todo concluida nuna su transición desde el medievo hasta el modernismo. Tan presente está el ruralismo y la servidumbre como lo está el teléfono y la occidentalización, aunque esta sea hacia la Francia postbélica. Imprescidible y maravilloso siempre el contexto natural propio de la lírica y narrativa japonesas. El cielo, las nubes, los árboles, las flores, los melocotoneros, los cerezos, la lluvia, el viento...una cierta cadencia meteorológica muy expresiva en ritmo lento que no llega a determinar pero que siempre matiza los sentimientos de los personajes.

Ruralismo, progresismo, empresa y jerarquías familiares y de éxito social y económico se enredan entre los personajes.

Por último, Yukio Mishima, desvela, una vez más un espíritu indómito, quizá romántico, apasionado, vital, sensual. Desde luego de él podría decirse que es el último Samurai. Algunos han dicho que el gran fascista. Estos no tienen ni idea. Académicamente diríamos que encarna ese ideal medieval del hombre ilustrado y militar. Aunque su militarismo sea algo más que lo que esa palabra significa hoy día. Una palabra ahora degradada por los gobiernos para la clase media idiotizada imperante. Él es un guerrero en el que las palabras honor y dignidad, esfuerzo, muerte y suicidio final están justificados en la propia acción y dónde las palabras nada justifican, aunque se pueda pensarlos en palabras, incluso expresarlos. Yukio Mishima, imprescindible.
Dibujo al lápiz de KLSADAKO

TURKANA

domingo, 5 de julio de 2009

EL AUTISMO O SÍNDROME DE ASPERGER


Tom, un ciego de raza negra...se parece a cualquier muchacho negro de 13 años y es completamente ciego e idiota en todo excepto en la música, el lenguaje, la imitación y quizá la memoria. No ha recibido enseñanza musical ni ningún tipo de educación...es capaz de interpretar cualquier pieza al primer intento con la misma pericia que el mejor pianista.

...Una de sus proezas más destacables fue la interpretación de tres piezas musicales al mismo tiempo. tocó "Fisher´s Honrpipe" con una mano y "Yankee Doodle" con la otra, mientras cantaba "Dixie". También tocó una pieza dándole la espalda al piano y con las manos cruzadas.

...Hasta los cinco años no supo hablar, apenas podía caminar, y no dio otro signo de inteligencia que su perdurable avidez de música.

Tom pertenece a los denominados "Idiot savants". Es un niño autista.

El autismo es una enfermedad que siempre ha existido, en todas las épocas y culturas.

El autismo fue descrito en el siglo XX médicamente por Leo Kanner y Hans Asperger.

CARACTERÍSTICAS:

* Soledad mental: exclusión del exterior, sobre todo de las personas, no de los objetos.

* Insistencia obsesiva en la monotonía.

* Movimientos y ruidos repetitivos y estereotipados.

* Adopción de elaborados rituales y rutinas.

* Intereses singulares y restrictivos.

* Fascinaciones y fijaciones intensas, limitadas y concentradas.

* Captación de las cosas con breves miradas periféricas.

* Pobreza de gestos y expresiones faciales.

* Los talentos emergen a una edad temprana.

* Extraordinarias facultades verbales.

* Memoria prodigiosa.

* Carencia en el razonamiento.

Para hacernos una idea de las asombrosas facultades verbales de los "savants" hay que decir que son capaces a los 2 años, de leer libros y periódicos con la mayor facilidad aunque sin comprender nada. Su habilidad de descodificación es totalmente fonológica y sintáctica, nunca semántica. Pueden leer un libro una sola vez y repetirlo posteriormente sin un solo error.

Existen savants dibujantes, músicos, verbales, calculadores, atléticos, olfativos e, incluso, táctiles.

Un joven autista recorre en equilibrio una cuerda floja, con gran precisión y sin miedo, un día después de verlo hacer en el circo.

Oliver Sacks: "Un antropólogo en Marte"

TURKANA

martes, 30 de junio de 2009

NOCHE OSCURA


En una noche oscura
con ansias de amores inflamada
¡oh dichosa ventura!
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada;

a oscuras, y segura
por la secreta escala disfrazada
¡oh dichosa ventura!
a oscuras y en celada
estando ya mi casa sosegada.

En la noche dichosa
en secreto que nadie me veía
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

Aquésta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía
en parte donde nadie parecía.

¡Oh noche que guiaste!
¡Oh noche amable más que la alborada!
¡Oh noche que juntaste!
amado con amada,
amada en el amado transformada!

En mi pecho florido,
que entero para él sólo se guardaba,
allí quedó dormido
y yo le regalaba
y el ventalle de cedros aire daba.

El aire de la almena
cuando yo sus cabellos esparcía
con su mano serena
en mi cuello hería
y todos mis sentidos suspendía.

Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el amado,
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.

San Juan de la Cruz

TURKANA

lunes, 29 de junio de 2009

NOSTALGIA



Cuando nacemos comenzamos la vida y la nostalgia. La primera nostalgia de la matriz, cálida. Y aun de antes, de cuando no éramos más que átomos revueltos, sin otra consistencia que un azaroso propósito de hacernos posible. Nostalgia. Ese término que en su prosodia contiene la fluctuación del sentimiento que define. Y qué cálida es esa otra matriz, de lugar indefinido, a la que nos ceñimos ajustándonos las solapas sobre el cuello. El cuello, frágil puente entre la carne y el pensamiento.

Nostalgia de ti, mujer, de tus susurros y la yema de tus dedos. De tus vibrátiles digitaciones sobre mi piel de macho. Nostalgia. De tu risa y tu boca abierta por la que navego con las velas a tu aliento. Y me hundo y naufrago en el maremoto de su saliva densa y mineral que me conforma. Me clavas en un firmamento de estrellas y meteoros. Me invaginas en el vórtice oscuro que es tu mismo centro. Me entrego y te traspaso de parte a parte, solapado a tus querencias. Y salgo como el feto, de la matriz de tu sexo, todo húmedo y pleno de tegumentos adventicios adheridos a la nostalgia de mis entrañas. Habla mujer, habla. Habla palabras antiguas y vierte en mi oído, que los poros de mi piel exuden ritmos que te muevan. Canta mujer, jadea. Grita. Que la nostalgia de mi alma espasme mis nervios.

Nostalgia de tu lugar. De tu pelo, mujer y de la felpa de tu piel. De tus ojos oceánicos. Eres un misterio, mi hembra abierta. Eres una ciudad íntima volando por el espacio, llena de rincones y hogares cerrados para los dos. Sopla el viento esta noche por tus calles. Solo y lleno de nostalgia te las recorro...mientras mis ojos castaños que te ensueñan y mi mirada de las estrellas acarician tus paredes.

Nostalgia del musgo de tu piel, mujer.
TURKANA