sábado, 27 de septiembre de 2008

FANI


La volví a ver ya mayor, tenía 38 años y un atractivo fulminante. Era una mujer grande en la que una feliz mezcla de rasgos infantiles perfectos muy bien conservados y alargados por el paso del tiempo acentuaban aún más esa sensación sensual en movimiento que suscitaba en los hombres. Llevaba una media melena de un pelo liso y fino, como siempre había sido, y, como entonces, el perfil de su cabeza sobre la luz parecía un halo brillante, ahora de oro. El rubio no le quedaba mal, en realidad no concibo algo que le pudiese quedar mal. Había sido diseñada en un molde perfecto para hacer coincidir ese maravilloso producto que era con los deseos exactos de los hombres. Con toda la amplia panoplia de deseos masculinos sobre las mujeres. Los evidentes y también los ocultos, todos encontraban en ella el albergue apropiado a la medida de su intensidad, ya fuera suave o romántico amor, fuera encendida pasión sexual o extrema locura que en sus delirios de posesión imposible rallaban instintos de muerte. Los hombres más sosegados o que ya habían arribado a las decantadas edades en que las lujurias fructíferas del sexo y los calentones explosivos se embalsaban en los manglares de la melancolía, éstos se entretenían en buscar alguna imperfección, algún detalle, aun insignificante, estuviera contenido en los límites físicos de esa materia sexual o en el mismo movimiento con el que la portaba por el mundo. No conozco ninguno que encontrase jamás un detalle negativo, un detrimento de esa atracción diabólica de Fani. Ella lo sabía y parece que cuando coincidimos, mucho tiempo después, ella ya lo había superado.

Los azares del tiempo, que tan disparatados nos parecen a veces, urden extrañas coincidencias a la medida de nuestro asombro, incluso dan de comer y fama a escritores como Paul Auster, así que deben ser importantes y algo de real debe haber en ellos para que se les reconozca. El hecho es que nuestras coincidencias posteriores a aquel tiempo en que vivimos lo que se esperaba de nuestras naturalezas vinieron envueltas en azares, que ambos reconocimos y recontamos con asombro envueltos, a nuestra vez, en sábanas enredadas. Veinte años de un tiempo dispar nos habían ido pasando sobre los dos y juntando por separado acosos, arribos y derribos de un mundo que se había entretenido únicamente en deglutir nuestra almendra común. La almendra que contuvo nuestros gérmenes fusionados. En aquel tiempo primero había sido todo como el milagro de la concreción. La concreción de la poesía. Hacer existente lo sublime, el sublime encuentro de la pasión. Veinte años después, en una calle de la ciudad histórica nos didirigíamos de frente hacia un encuentro ignorado. Nuestras alarmas interiores saltaron a la vez. Nuestros ojos trataron a la vez de ajustar con finos movimientos el reconocimiento de las formas. El corazón metabolizó la tensión de la sangre al punto de alerta y nuestro cerebro voló presuroso por las enredaderas del tiempo para rescatar todas las sensaciones de los seis únicos meses de nuestra vida que habíamos pasado juntos, fusionados entre la poesía de los rosales en flor.

Era y seguía siendo una mujer inacabable, de lejos y de cerca. Desparramaba formas de un atractivo imperativo que la ropa, como todo lo prohibido, sólo hacía que resaltar. Sin embargo, la veía acercarse con absoluta naturalidad, ni la más mínima afectación. Podía haber sido este un consuelo para que algún hombre que no la conociera como yo pensara que a la postre era humana. Hubiera sido vana satisfacción la de ese ingenuo que desconoce cómo acrecienta el deseo la naturalidad y el abandono de una mujer como Fani. Al andar, las percusiones sobre sus turgencias palpitaban salmodias de ensueño. Venía sola y en ese momento la calle estaba vacía. Eran las cinco de un verano y la ciudad castellana dormía la siesta o vegetaba en el limbo de la historia bajo la sombra de Viriato. Sus ojos grandes, oscuros y rasgados medio velados por los párpados eran el vicio que los patanes creían ver en ella. Eran el mullido dosel de sus dos párpados coronados por la sombra de sus pestañas. Su piel continuaba tan blanca como entonces y no estaba matizada por el paso de los años. Su rostro, de rasgos orientales, había crecido con ella pero mantenía acrecentado el deseo irrefrenable que los hombres sentían al contemplarlo. Su piel elástica, fina, inmaculada era una exhaltación al placer que algunos hombres encontrarían al macularla. Su cuerpo, por fin, seguía siendo como ya entonces, un compendio de todas las atracciones femeninas, un vórtice oscuro que sumía todos los atributos de suerte de las mujeres más bellas. Era Fani y seguía siendo, según se acercaba a mi, una máquina capaz de tragarte entero mientras te diluías entre jugos de placer.

Yo sabía que era todo eso. Incluso podía apreciar que lo era, podía hacer recuento de toda ella y podía ponerme en el lugar de los otros. Pero no podía sentir como los otros. Cuando trataba de sentir por Fani lo que sentían los demás mis actitudes eran impostadas. La descubrí entre juegos habitando yo un mundo riquísimo de imaginación e inteligencia en estado líquido. Y la descubrí entre los rosales del jardín de mi casa, en noches de luna, aromatizados sus recuentos interiores por el perfume de las rosas, rosas, blancas, rojas y de té. Nos descubrimos en simultanáneo y tanto era su apremio como el mío. Un apremio no hecho de sexo y enteramente libre -los ignorantes no saben de estos apremios y creen que son contradicción en sus propios términos-. Era un apremio libre porque lo que nos movía no era la tenaza inevitable del sexo sino descubrirnos, conocer esas dos existencias enfrentadas, desnudarse, abrirse, entrarse. Lamer su jugos, sentir nuestras lenguas. Palparnos por fuera y por dentro en el mar de tinieblas de nuestras vidas. No hablar, sólo voltearnos. Casi ni mirarnos, olernos y chuparnos. Transgredir todo sin transgredirnos a nosotros, ser, en esas horas que vivimos, más libres que en todos los veinte años posteriores, probablemente.

¿Cómo podríamos precisar el tiempo que transcurrió desde que nos intuimos de lejos en la calle hasta que nos cruzamos y nuestros ojos se miraron de frente, un instante?. Imposible, el tiempo es tan elástico como la piel de Fani y ese tiempo que para cualquiera habría sido de unos minutos fue para nosotros un tiempo sin medida que se habría de estancar de forma perenne en nuestra conciencia en los sucesivos años de nuestra vida. Nuestra mirada cruzada sí que fue un instante, un instante disecado por algún taxidermista malandrín de las alturas o de las bajuras, que de todo hay y en todos los lugares habitan. Lo recordaríamos entre risas y con medias palabras entre las sábanas de nuestros rosales, días después. Porque a ese encuentro de azar sucedieron otros azarosos encuentros, más buscados, con calculada determinación.

(...)

TURKANA

miércoles, 24 de septiembre de 2008

MICROCRUENTO


está a punto de soltarse siente un cansancio infinito y ya no le duele el desgarro de los tendones sobre el abismo de rocas y afilados cristales de hielo penden sus piernas buscando inútilmente un asidero en el vacío dos mil metros en caída libre atenazan sus tobillos y estrangulan su columna vertebral ve con ojos de espanto por un instante que es una eternidad el espacio como un embudo inmenso que absorverá su cuerpo cuando vuelan sus pensamientos y el corazón se le colapsa incapaz de mover el pantano de arenas movedizas que es su sangre y la presión en los ojos rompe sus retinas y ya no es más todo que una pared de leche por la que se desliza compactado en dos dimensiones hasta el lecho suave que divide las páginas del libro que un maldito escritor le hizo creer que su existencia pendía de las tres dimensiones

desde la base y recompuesto de su espanto sus pensamientos comienzan de nuevo la existencia que nunca perdió inicia un tiempo de venganza seguro que los abismos insondables del escritor serán letales sin medida mientras él permanecerá agazapado entre las letras de un microcruento

TURKANA

martes, 23 de septiembre de 2008

CANCION DE CUNA


Duerme el niño en su cuna,
sus dos ojos cerrados,
apenas han visto el mundo
y ya miran sueños de luna.

Un dragón de confite
que exhala mermelada y miel,
con sus alas de azúcar
al niño de plumas viste.

Un grillo blanco
con su canto berbiquí
talla de esmeraldas la noche
y al silencio saca brillo de charol.

Vuelan el niño y el dragón,
batiendo plumas de algodón,
plas, plas, los dos a compás,
la noche y la cuna quedan atrás.

Media risa y un punto de marfil
en su boca asoma,
de entre el seto rubio de sus pestañas
salta a mamá su pupila azul.

Cri-cri, sal del sueño mi niño ya,
que mamá un chupe dulce te dará,
te bañará y con algodón te secará
y una canción al plas,plas te va a cantar.

TURKANA

sábado, 20 de septiembre de 2008

CHE, EL ARGENTINO; CHE, LA PELÍCULA


SINOPSIS

En 1952, el general Fulgencio Batista dio un golpe de Estado en Cuba. Un joven abogado, Fidel Castro, incitó a la rebelión, pero no tuvo éxito y fue encarcelado. En 1955, en México, se conocen Castro y el joven revolucinario Ernesto Guevara, rápidamente apodado "Che". El 26 de noviembre de 1956, Fidel Castro, el Che y otros 80 guerrilleros incursionan en Cuba y comienza una guerra de guerrillas, que duraría dos años, hasta los albores de 1959 cuando el gobierno de Batista es derrotado y el Che, un médico idealista, es erigido en comandante del ejército rebelde y héroe revolucionario.

Ficha Técnica

Dirección: Steven Soderbergh
Guión: Peter buchman
Inspirado en "Che : Diario de Bolivia"
Productor: Benicio del Toro

Che: Benicio del Toro
Fidel Castro: Demián Bichir
Camilo Cienfuegos: Santiago Cabrera
Celia Sánchez: Elvira Mínguez
Joaquín: Jorge Perugorría
Raúl Castro: Rodrigo Santoro

Notas de Producción:

Cuarenta años después de su muerte, el Che sigue siendo un importante símbolo por varios motivos -explica la productora Laura Bickford. El Che es una clara imagen del idealismo y la rebelión juvenil, ambos, en mi opinión, valores eternos e internacionales. No estamos interesados en la situación política actual de Cuba. Somos cineastas que realizan una película acerca de un período de tiempo específico, desde el punto de vista del Che.

En un principio, la idea de Steven Soderbergh y sus productores era recoger los acontecimientos que desembocaron en la trágica muerte del Che en Bolivia en 1967. El film se llama Guerrilla y es la segunda parte de la película que ahora se presenta, Che, el argentino.

Hemos hablado con mucha gente a favor y en contra del Che y toda nuestra investigación se refleja en el guión. Es imposible contentar a todos. Es imposible que todos los detalles sean exactos. Hemos pasado tres años investigando lo que más tarde se convertiría en Guerrilla. La idea original era explorar una parte de la vida del Che en gran detalle. Pero descubrimos que viendo sólo Guerrilla, no se podía entender el contexto en el que tomó la decisión de ir a Bolivia. Cuando decidimos añadir las partes de Cuba y Nueva York y empezamos a trabajar en la estructura, la película empezó a crecer y crecer. Entonces nos dimos cuenta de que teníamos que rodar dos películas.

Che, el argentino se rodó principalmente en escenarios naturales -partes rodadas en el parque natural de El Yunque de Puerto Rico- .

La película termina con el triunfo de la revolución militar cubana, con la entrada en La Habana..."Ahora es cuando comienza la revolución cubana", en palabras del propio Che. Será el motivo de la segunda parte.

TURKANA

jueves, 18 de septiembre de 2008

ADAGIO NOCTURNO


Una cabaña construida con troncos de madera. En el Portarró, un puerto de montaña para cabras, aventureros y el viento de la noche que ulula por las quebradas y el angosto desfiladero. Colgada en un camino, no más ancho que ella misma, que asciende por los precipicios hasta las cimas de niebla y nieve. Al otro lado, desplomado desde las alturas, el lago de San Mauricio y, de frente, azotados por el viento inclemente los Encantados, dos gigantes gemelos cristalizados por el aire glaciar.

Sobre la cabaña, el frío y la alta montaña extremos. Bajo ella, la cordillera en descenso hacia los valles donde confluyen torrentes y torrenteras, se tapizan de hierba los prados y se diseminan los pueblos pétreos del Pirineo.

Aislada en medio de la nada, a medio camino de todo, cercada por el viento y la montaña, ceñida por el frío y navegando en la noche infinita está la cabaña. Un mastín enorme acurrucado entre el calor de la leña seca la mira desde fuera. Y desde dentro, abriendo el cuarterón, Margot, al perro y a la pared negra de la noche. Por la luz de un farolillo racheada por el viento navegan sus miradas.

Alexander, con el rostro encendido por las ascuas de la lumbre y el placer reciente que aún le perla la frente, entreabre los ojos y ve a Margot en la ventana. Su cuerpo desnudo, su piel blanca. La delicada curva de su espalda, sus nalgas firmes y sus piernas torneadas. Ve sus tobillos destilados en ternura y el albo perfil del pie como un misterio de la mujer. En ese momento no existe más que esa maravillosa mujer, ella encarna a todas y la existencia se ha comprimido en ese espacio de piel femenina.

Sus ojos de hombre, de animal montaraz, por un momento atisban la vida y adormecen su mirada entre la espesura del pelo negro de Margot.
TURKANA

miércoles, 17 de septiembre de 2008

EL SER CONSTELADO: CAPÍTULO I


También en el siglo XXI estaban orgullosos de su época y es probable que pensasen que el ser humano había ya logrado desentrañar prácticamente todos los misterios, al menos en sus planteamientos generales. Debían pensar, como sin duda han debido pensar en todas las épocas pasadas, que al menos el hombre ya consiguió atisbar los infinitos mundos que se escondían tras los altos muros de la barbarie y la superstición de los primeros tiempos de la humanidad y que a partir de ese momento sólo restaba formularles diferentes formas en todas las ciencias para que fueran cayendo uno tras otro. Al fin el ser humano se vería libre de las ataduras con las que la naturaleza y el caos social ceñían su libertad. Claro, que también en ese siglo pretérito eran conocedores y experimentaban en propia carne una comezón persistente, un desasosiego por todo lo que aún les faltaba por andar en ese camino de progreso indefinido. Pero como fuera y pese a todos los escepticismos que caracterizaron al hombre de los siglos XX y XXI tenían plena conciencia de que nunca antes el hombre había experimentado unos cambios tran drásticos, en ningún tiempo anterior la historia de este homínido había dado un vuelco tan espectacular. La biología, la física, la tecnología y las ciencias informáticas le catapultaron a las más altas cuotas del conocimientos.

Nosotros somos tributarios de aquella época y hoy pocos saben que a la vez, esos siglos de esplendor, lo eran del que entonces llamaban Renacimiento y de algo, no podría precisar más sin que me tilden de artificiero del sentimiento colectivo, que parece ser existió y que fue el comienzo de todo, al menos de todo lo importante científicamente. Y parece ser, y ahora sí que bordeo la imaginación, que era algo que se denominaba Grecia.

¿A quién le puede importar todo eso, todas esas historias tan pasadas de un mundo cerrado sobre sí mismo y circunscrito al reducido peñasco del planeta Tierra? Somos muy pocos en todo el Sistema Constelado los que nos dedicamos a desentrañas la historia del tiempo pasado. Sin embargo es casi tan difícil escudriñar lo acontecido como imaginar el futuro. A medida que el tiempo transcurre y se aleja de lo que hasta hace poco considerabamos nuestro presente la labor de recrear esa historia se hace más y más penosa. Era un tiempo aquél que fluía como apelmazado de toda suerte de sustancias tóxicas y membranas adventicias, más densas cuanto más lejanas. Y moverse en esos confines es como debio ser la destreza a ciegas del cirujano que si apenas podía confiar en su intuición y alguna de la primitiva tecnología por luz. Hoy el tiempo no es más que un problema parcial y pronto dejará de serlo definitivamente.

Los constelados hemos conseguido relentizar el tiempo hasta casi detenerlo pero pronto encontraremos la causa que aún lo hace escurridizo y lo paralizaremos para siempre. El constelado no dependerá de la mayor de las causas de la esclavitud de los denominados seres humanos. Por supuesto que hemos arramblado con la humanidad, en sus últimos tiempos cada vez más lisiada y avocada a su propio fin. Pero fue un fin natural, una metamorfosis de la que emergió triunfante la crisálida del ser constelado. Y no queda en nosotros más de la humanidad que debió quedar en el hombre de los siglos XX y XXI del neandertal, ese animal precursor. Aunque he de decir que precisamente mi ocupación de investigación pretérita es vista como un reducto, una especie de muñón fantasma de la antigua humanidad. Sin embargo, la memoria que hoy es lenta y cada vez nos será menos importante y dejará de serlo en absoluto cuando el paso del tiempo hoy residual se detenga para siempre, esa memoria todavía reclama estratificar el pasado. Por supuesto será una labor para entonces inútil, para cuando el tiempo se detenga, pues en ese momento sabremos todo del pasado, lo que en los siglos XX y XXI llamaban la historia y la intrahistoria. Todo lo sabremos, todo y todos los detalles. Sabremos la vida y los momentos de esa vida de todos y cada uno de los soldados y generales que intervinieron en esa terrible segunda guerra mundial, sabremos la historia y conoceremos cómo era el cielo aquella tarde que Fidel Castro miraba las olas del tempestuoso mar atlántico mientras declinaba el sol. Sabremos cada una de las fibras de pensamiento que esa tarde, a esa horas pasaba por la mente de Fidel Castro. Nadie sabe hoy quién fue Fidel Castro. Es casi una exhibición imperdonable de intelectualismo extremo el que me atreva a plasmar como pensamiento constelado la existencia de este hombre. Pero existió, lo descubrí por casualidad en mi análisis del tiempo humano. Hoy ese hombre no es más que una concreción calcárea en los estratos de la historia pretérita, unido a muchas otras concreciones en diferentes estados cristalinos, algunos. Es un fósil lleno de trazas para quien quiera verlas aunque el esfuerzo es casi vano, lo sé. Dentro de muy poco ese fósil se nos desvelará uno y sumo, aislado de toda ganga y a la vez unido a todos los vínculos personales, las luces que vio y las atmósferas en que respiró. Cuando llegue el tiempo de la decantación así será para todo. Yo recuperaré a mi padre que murió hace poco y hace mucho. Espero que no me tenga que recuperar dentro de poco y dentro de mucho mi hija que cree en el extremo de la constelación mediante las esferas purpuradas de las maravillosas constelatas que por allí abundan y que tanto parecen gustar de nosotros, los constelatos.

Esta es una de las diferencias esenciales entre las naturalezas de los hombres y los constelados, la de la creación de sí mismos. Entonces, en aquellos siglos oscuros y de progreso a la vez, la creación de la humanidad no se había liberado de la biología y de lo que un individuo de dudosa reputación frente a otros de aún más dudosa fama llamados creacionistas, habitantes propios del imperio final de la humanidad, también llamado Norte y América, habían determinado como el sistema de procreación humana. Algo de eso había pero jústamente lo que había es lo que acabó con la humanidad. Y gracias a ese declive, en gran parte, pudo emerger el Ser Constelado. Nosotros, los constelados.

TURKANA

Dedicado a Ive, por su amor a la ciencia-ficción.

martes, 16 de septiembre de 2008

LA RESURRECCION DE GEORG FRIEDRICH HANDEL


Al mediodía del 13 de abril de 1737 el criado de Georg Friedrich Händel se encontraba, ocupado en la más peregrina de las actividades, ante la ventana de la planta baja de la casa de Brookstreet. Dejaba que de su corta pipa de barro salieran pompas de jabón en lugar de hermosos aros de humo azul. Había llenado una pequeña escudilla con espuma de jabón y se entretenía lanzando las pompas multicolores desde la ventana a la calle. Cuando, de pronto, el criado se sobresaltó, pues toda la casa se estremeció con un golpe sordo. Los vasos tintinearon. Oscilaron las cortinas. Algo voluminoso y pesado tenía que haber caído al suelo en el piso de arriba. El criado dio un salto y corriendo subió las escaleras hasta el gabinete de trabajo del maestro.

Descubrió a Händel inmóvil, tirado en el suelo, con los ojos abiertos y la mirada fija. Después, cuando se hubo recuperado del primer susto, escuchó un sordo y dificultoso estertor. El corpulento hombre yacía tirado de espaldas, gimoteando.

Desde el piso de abajo llegó Ghristof Schmidt, el fámulo, el asistente del maestro, que acababa de ponerse a copiar unas arias.

-Desnúdale- ordenó Schmidt al criado-. Iré corriendo a buscar al médico.

El Doctor Jenkins escuchaba, indiferente y silencioso. Antes de entrar en la casa, dio una nueva calada a su pipa y con un par de golpecillos sacó la ceniza de la cazoleta.

-¿Qué edad tiene?

-Cincuenta y dos- contestó Schmidt.

-Mala edad. Se ha matado trabajando como un toro. Aunque también es fuerte como un toro.

-¿Qué es?

-Apoplejía. La parte derecha está paralizada.

-¿Y se quedará paralítico?

-Probablemente, si no se produce un milagro.

-¿Podrá al menos volver a trabajar? No puede vivir sin crear.

El doctor Jenkins aún estaba en la escalera.

-Eso, nunca más- dijo en voz baja-. Tal vez podamos conservar al hombre. Al músico lo hemos perdido. El ataque ha llegado al cerebro.

Durante cuatro meses Georg Friedrich Händel vivió sin fuerza, y la fuerza era su vida. La parte derecha de su cuerpo siguió muerta. No podía caminar, no podía escribir, ni con la mano derecha arrancar un solo sonido a las teclas. No podía hablar. Su labio colgaba torcido por el terrible desgarro que había afectado a su cuerpo. Los tendones, los músculos, ya no le obedecían. El hombre en otro tiempo colosal se sentía desvalido, emparedado en una tumba invisible. Por fin, el médico, a la desesperada- el mastro al parecer no tenía curación-, aconsejó que llevaran al enfermo a los baños calientes de Aquisgrán, que tal vez le proporcionarían una cierta mejoría.

En Aquisgrán los médicos le previnieron con insistencia del peligro de permanecer más de tres horas en las aguas calientes. Su corazón no lo resistiría. Podría matarle. Pero la voluntad se arriesgó a morir por amor a la vida y por aquel indomable deseo de curarse. Para horror de los médicos, Händel permanecía metido en el baño caliente durante nueve horas diarias. Y con la voluntad creció en él la fuerza. Una semana después ya podía arrastrarse. Al cabo de la segunda, mover un brazo. Y, prodigioso triunfo de la voluntad y de la confianza, una vez más escapó al abrazo paralizador de la muerte para abarcar la vida, con más ardor, con mayor vehemencia que antes, con esa indecible alegría que sólo el convaleciente conoce. Dueño ya absoluto de su cuerpo, el último día, cuando se disponía a partir de Aquisgrán, Händel se detuvo ante la iglesia. Nunca había sido especialmente piadoso, pero ahora, habiendo recuperado milagrosamente la capacidad de andar, al avanzar hacia el coro, donde se encontraba el órgano, se sintió conmovido por lo inconmensurable. Tanteando con la mano izquierda, rozó las teclas. Y sonó. Sonó de un modo claro y puro a través de aquel espacio receptivo, en quietud. Vacilante, lo intentó la derecha, la que durante tanto tiempo había peramanecido cerrada, encogida. Y, he aquí que, también bajo ella, un acorde resonó como una fuente de plata. Poco a poco empezó a tocar, a improvisar, y la gran corriente le arrastró. Prodigiosos, los sonoros sillares se alzaron y montaron unos sobre otros, invisibles. Espléndidos, ascendían y ascendían por las airosas construcciones de su genio sin sombra, inmaterial claridad, luz sonora. Abajo, las monjas y los fieles, anónimos, escuchaban con atención. Jamás habían oído tocar a un hombre de esa manera. Y Händel, la cabeza inclinada con humildad, tocaba y tocaba. De nuevo había encontrado el lenguaje con el que hablaba con Dios, con la eternidad y con los demás mortales. De nuevo podía componer. De nuevo, crear. Sólo ahora se sintió restablecido.

-He regresado del Hades- dijo orgulloso Georg Friedrich Händel, ahuecando el amplio pecho y extendiendo los poderosos brazos, al médico de Londres, que no podía por menos de admirar aquel milagro de la medicina.

Extractado y adaptado de Stefan Zweig.

TURKANA